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| Columnas de opinión | ||
EL NUEVO Y EL VIEJO URUGUAY Estamos en los primeros días de un nuevo siglo y este pequeño país de paso cansino comienza a transitar entre dos eras. En marzo del año pasado publiqué un libro titulado “El Uruguay entre dos Siglos” que habla de algunas cosas que nos están ocurriendo a los uruguayos en esta etapa de transición, por lo cual me pareció adecuado transcribir ciertas partes de este libro aprobechando esta siesta veraniega. De una forma u otra todos sabemos que el Uruguay del Maracaná se terminó. Que Obdulio Varela no es más el capitán y que difícilmente nos salve un gol sobre la hora. Que la izquierda no es izquierda (ni derecha), que los campeonatos uruguayos no son más de Peñarol y Nacional, o que las elecciones se resuelven sólo entre blancos y colorados. Ya no corre aquello de que los estudiantes son unos revoltosos que viven haciendo paros, ni corren más la ONDA y los trenes por todos los pueblitos del interior. También se terminó aquello de que el Estado, de una forma u otra, solucionaba todos los problemas y mantenía abiertas las fuentes de trabajo. Ya no le ganamos a Bolivia ni en fútbol ni en nada, no tenemos más escuela pública, gratuita y obligatoria, sólo pública. Que se terminan los clubes donde conseguir trabajo para el hijo, que ni comité de base con la foto del Che nos viene quedando. Que el "bagayo" dejó de ser la principal fuente de empleo para muchas localidades de la frontera, que caminar por 18 de julio dejó de ser el paseo privilegiado de los montevideanos y que ya no existe más el diario "El Día". Los uruguayos poco a poco, cansinamente, vamos tomando conciencia de todo lo-que-no-va-más. Que hay un Uruguay que ya fue, que existe otro Uruguay y en ese otro es en el que vivimos. Ni mejor ni peor, ni más bueno ni más malo, ni más grande ni más chico, simplemente otro que es el real el del presente y que si no nos gusta tendremos que mejorarlo porque al de antes no se vuelve. Este nuevo Uruguay -que no se cuando empezó, ni si terminó de empezar- pretende otra cosa de nosotros. Para empezar quiere que nosotros también cambiemos, que seamos menos pesimistas, que sigamos tomando mate pero sin mirar para el suelo, que dejemos de lado esa soberbia que nos generó el vivir en un país tan chico y comprendamos que tenemos cosas para aprender de otros países, incluso de aquellos que siempre fueron tan "atrasados". Este nuevo Uruguay ya no puede vivir de espaldas al mundo, no puede mantener artificialmente fuentes de empleo en sectores que no son competitivos, o emitir dinero para financiar burocracias. Al Uruguay no lo cambió nadie y lo cambiamos todos, casi sin darnos cuenta, porque así como hay muchas cosas que ya no son, hay muchas que si son. Porque aquella clase empresarial, rapaz, cortoplacista y anquilosada, comienza a dejar paso a generaciones más jóvenes, con altos grados de calificación y una mentalidad de más largo plazo, realmente empresarial. Porque la famosa -y nunca bien ponderada- iniciativa privada comienza a mostrar sus frutos, el país se moderniza, porque existe Internet y los uruguayos accedemos más fácilmente a los beneficios de la tecnología mejorando la calidad de vida. Tenemos cuatro shopings, más cero quilómetro, TV color y mejor acceso a muchos otros electrodomésticos. Mejora el servicio de telecomunicaciones, las carreteras y los paseos públicos. La enseñanza privada comienza a darnos las alternativas de carreras universitarias, adaptadas a las necesidades laborales que empecinadamente nos negó la Universidad estatal. La emigración disminuye, la clase política comienza a comprender que debe reformular el sistema político y dar más libertad al elector, muchas empresas comienzan su proceso de reconversión y se abren actividades productivas -como la forestación- que habilita alternativas laborales y genera más divisas no tradicionales. Este Uruguay también trae sus miserias y marginalidades, sus vicios y problemas inherentes a la modernidad, conviviendo en buena medida con el otro Uruguay. Porque en eso estamos, en un espacio geográfico donde conviven el país que está naciendo, el que terminará siendo, con el viejo y cansino Uruguay de los cincuenta.
En definitiva, para mal o para bien, el Uruguay cambia, no porque
lo decidiera algún gobernante, sino por el empeño de algunos sectores
que decidieron no quedarse quietos, que entendieron lo que estaba
ocurriendo en el mundo y comenzaron a hacer. Es gente que no le pide al
Estado, que muchas veces tiene que luchar contra su burocratez y que si
algo pide es que lo dejen trabajar sin trabas o cargas impositivas
desmesuradas. No son altruistas, persiguen el lucro (disculpen el término)
que en definitiva siempre resulta el factor movilizador. Aquí no está
planteado el convertir a los uruguayos en surcoreanos, ni japoneses,
simplemente dejar de mirar el pasado, de reivindicar causas perdidas y
poner lo mejor de nosotros incrementando nuestra capacidad de trabajo y
nuestra creatividad. Arriesgando que es la única forma de avanzar, sin
miedos o tabúes, manteniendo los valores básicos de nuestra cultura y
superando aquellos condicionamiento de país rico que no somos. Las cosas
son claras, o se entiende lo que está pasando o se elige continuar
viviendo en el viejo Uruguay que siempre tendrá un rinconcito para
cobijar a los nostálgicos”. Por: Juan Carlos Doyenart |
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