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LA RESISTENCIA A LOS CAMBIOS

         La sociedad uruguaya ha desarrollado una fuerte cultura de resistencia al cambio, nos cuesta mirar a nuestro alrededor, o hacia delante, preferimos compararnos con nosotros mismos y hacia el pasado. Es una sociedad que tiene mucho para perder, aunque hace ya un buen tiempo que lo ha perdido. Me encuentro entre la mayoría de uruguayos que nacimos después del 50, sin embargo no podemos sustraernos a la cultura del Uruguay de Maracaná, aquel que nos contaron, que dejó de ser casi en el mismo minuto que Alcides Ghighia convirtió el gol que por última vez nos calificaría como los mejores del mundo.  De alguna forma creímos que los treinta años transcurridos entre el 55 y el 85 fueron un mal sueño, que luego de la recuperación democrática podríamos volver al pasado y vivir en aquel país de ensueño que nos relataron nuestros mayores. Pero no fue así y por el contrario nos fuimos enfrentando a un mundo totalmente diferente donde las viejas certezas del pasado no existían más. Ya no estaría allí el trabajo de por vida, los apacibles paseos por el centro de la ciudad, ni el galgo de la Onda, ni los trenes que marcaban la velocidad de nuestras vidas, ni seríamos los mejores del mundo, ni tendríamos un Estado que asegurara nuestro porvenir sin importar que hubiéramos hecho algo para ganarlo. No existían más los favores políticos, ni las jubilaciones de favor, no se podía ingresar más a un empleo público que nos garantizara un sueldo mientras trabajamos en otro lado. Teníamos acceso a un mayor confort, a servicios y productos nuevos, pero habíamos perdido lo más importante: la seguridad. Pasamos a vivir en una sociedad sin garantías y nos sentimos muy desprotegidos. Ya no podíamos creer más en la clase política, que había perdido el poder de mediar entre nosotros y el Estado. Aquel Estado burocrático, ineficiente y perezoso pero que en definitiva era nuestro y por nosotros velaba (o por lo menos así siempre lo creímos). Era como regresar a los inicios del país, ahora sólo dependíamos de nosotros mismos, pero con la enorme diferencia que el mundo que nos rodea es agresivo y ferozmente competitivo.

            El gobierno nos pide trabajo, eficiencia, competitividad, ahorro, todos valores más cercanos a las culturas anglosajonas que a nuestra idiosincracia criolla, por otra parte se nos brindan una serie de comodidades y objetos de consumo que alientan nuestro hedonismo e individualismo en aras de un estilo de vida basado en el placer y el disfrute del tiempo libre. Por si fuera poco la eficiencia y la competitividad son sin garantías, sin seguridades, libradas a condiciones externas de las cuales somos totalmente subsidiarios y sobre las cuales no podemos incidir. En el breve tiempo de 10 años, a los uruguayos se les ha presentado un mundo desconocido, se los ha inserto en una dinámica social muy diferente, se les ha privado de las seguridades básicas de toda una vida y se les exigen esfuerzos y valores que no les son propios. El resplandeciente mundo de la era informática y de la globalización del consumo no sólo son insuficientes para amortiguar el impacto de los cambios, sino que a su vez son también generadores de inseguridad y miedos. Cuando a los uruguayos se les pregunta sobre cuáles creen que son los principales problemas que tiene el país, las encuestas nos muestran que ya no se habla de los tradicionales temas sociales como la pobreza, los salarios, la vivienda o la salud que antes ocupaban, casi por cliché, los primeros lugares de preocupación. Hoy los uruguayos expresan sus inseguridades cuando afirman que sus principales temas de preocupación o sus principales medios están relacionados con la desocupación y la delincuencia. Inseguridad pública expresada a nivel de su puesto de trabajo y del incremento de una delincuencia, cuya percepción va más allá de las propias realidades. En estos dos aspectos es donde se expresan con mayor fuerza las inseguridades globales que vivimos los uruguayos. Si bien es cierto que el desempleo se ha incrementado en los últimos tiempos, también lo es que nuestros niveles de desempleo son relativamente bajos, ubicándose en el 10%. Pero cuando la población habla del desempleo está expresando no una situación social global, ni su propia situación personal o familiar, expresa su propia inseguridad en poder mantener su puesto de trabajo actual del cual ya no se siente seguro. Otro tanto ocurre con la delincuencia. Sin duda esta se ha incrementado, pero lo que más se incremento fue la violencia asociada con el asalto (la rapiña), sin embargo los uruguayos tenemos una sensación térmica superior a la temperatura real.

            La diferenciación entre sensación térmica y temperatura, a estado de moda en los últimos tiempos, casualmente en sociedades que como la nuestra padecen problemas similares: Francia, Alemania, Suecia. Estas, al igual que Uruguay, fueron sociedades superprotegidas, con estados benefactores muy desarrollados que inevitablemente, al igual que en estas tierras, han tenido que recortarse en sus prestaciones sociales. La sensación térmica sobre la delincuencia o el desempleo ubica estos problemas reales en un  nivel superior al que efectivamente tienen, porque seguramente allí se expresan otras disconformidades e inseguridades que nos resultan más difíciles de expresar. Posiblemente allí se concentra una demanda por regresar a las certidumbres del pasado, a los viejos estilos de vida, que en nuestro caso también pasan por recuperar la tranquilidad de la aldea perdida. No dejan de expresar los miedos e incertidumbres que inevitablemente trae consigo el progreso de esta segunda modernidad. Inevitablemente con el progreso funciona aceitadamente la famosa ley de las compensaciones: te doy pero también te quito. Aquí es donde aparece la sensación térmica, sentimos que es mucho más lo que perdemos de lo que realmente ganamos porque nuestra sensación térmica es de signo negativo. Y esto no deja de resultar muy lógico en una sociedad de bienestar social como fue la nuestra.

(*) Extractado de “El Uruguay entre dos Siglos”



Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 15 de enero de 2000


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