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¿EL FIN DE LAS IDEOLOGÍAS?


             Una de las grandes polémicas de estos tiempos radica en el tema de las ideologías. Efectivamente estamos en la era donde las ideologías han tocado a su fin o en realidad asistimos a una etapa de redefinición y actualización de las ideologías a la luz de los cambios que se están produciendo. Sin duda, en este tema tenemos opiniones para todos los gustos.

            Con la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría se terminaron los grandes debates entre la totalizadora y acartonada ideología marxista y el liberalismo. Ya no queda nada por discutir, y un discurso recorre todo el mundo occidental: ya no existen las ideologías. Hoy sólo nos quedan realidades: el progreso, el avance tecnológico, la modernidad, la globalización son realidades, pero también son parte de una ideología. Afirma Ignacio Ramonet : “Atrapados. En las democracias actuales, cada vez son más los ciudadanos que se sienten atrapados, empapados en una especie de doctrina viscosa que, insensiblemente, envuelve cualquier razonamiento rebelde, lo inhibe, lo paraliza y acaba por ahogarlo. Esta doctrina es el pensamiento único, el único autorizado por una invisible y omnipresente policía de la opinión” “¿Qué es el pensamiento único”, continua Ramonet, “...la traducción en términos ideológicos, con pretensión universal, de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en particular las del capital transnacional”. Aquí encontramos un buen resumen de la impotencia y orfandad ideológica en la cual ha quedado la izquierda en el mundo occidental. El pensamiento único o el neoliberalismo como única ideología aceptada por los dueños del mundo, que con su discurso racional y totalizador bloquea o ahoga cualquier intento de pensamiento crítico. Más allá, de la angustia, huérfana de ideas alternativas, de estas expresiones subyace una verdad: hoy no existe una polémica fructífera, esclarecedora sobre alternativas ideológicas. Existe un pensamiento unificador, producto del proceso económico de globalización que ante una realidad económica ineluctable y un pragmatismo exagerado antepone la economía a la política e intenta ocultar reveladoras contradicciones de este fin de siglo.

          No comparto que las ideologías hayan muerto, sí que existe una ideología predominante enfrentada a una alarmante carencia de pensamiento crítico. Las izquierdas han sido golpeadas muy duramente con el estrepitoso fin del marxismo-leninismo. Sólo les ha quedado un desesperado aleteo que busca rechazar la ideología dominante y que las lleva a asirse a un populismo trasnochado que niega las realidades del mundo. A falta de mejores utopías, prometen el regreso a un mundo acabado, demandan la restitución del Estado benefactor, asistencial y el regreso a los mundos cerrados del proteccionismo. Despliegan un discurso neo conservador, que en defensa de un viejo orden ponen su acento en el Estado al cual intentan conferirle potestades mágicas de espaldas a las nuevas realidades en que se desenvuelve el mundo. Asumen un discurso catastrófico sobre la globalización y su veloz locomotora: la informática. Sólo tienen la capacidad de ver los aspectos negativos de la globalización, sin descubrir todas las potencialidades que la misma brinda. Pero, lo peor de esta postura de la izquierda trasnochada, es no reconocer la irreversibilidad de los procesos que estamos viviendo.

            Ante esta visión apocalíptica, aparece una nueva ideología totalizadora que intenta explicarlo todo, ante la lógica irrebatible de las nuevas realidades económicas, donde todo –política, sociedad, cultura- ha de supeditarse a la economía. En este aspecto la ideología neo liberal globalizadora se emparenta con su mortal enemigo: el marxismo. En nombre del apoliticismo asume la forma de un proyecto político global, que pregona el no intervencionismo, la minimización de los estados, la exaltación del mercado como único mecanismo de regulación económica, pero también social, cultural y política. Se hace un mito de la linealidad del proceso de globalización que escapa totalmente a la capacidad de los políticos y por tanto de los Estados, un proceso predeterminado donde todo está interrelacionado y nos lleva al progreso y al bienestar económico de todos. Es un proyecto político que tiene una utopía, la de un mercado global, sin fronteras, donde capitales, personas e información circulan con total libertad configurando un mundo idílico donde todos viviremos mejor. Su principal fuerza está generada en que se basa en realidades, en una lógica económica verificable que no cuenta con alternativas del mismo status. El progreso, la tecnología, las comunicaciones, el consumo, son realidades, pero también forman parte de esta ideología.

            La fuerza de la ideología globalizante es mucha para oponérsele con discursos negadores de la realidad. Hoy los populismos trasnochados pueden contar con adeptos circunstanciales que ante la desesperación de las inseguridades e incertidumbres del nuevo mundo se aferran a ellos como una forma de soñar despiertos. Pero ninguna visión populista de la sociedad resiste una experiencia de gobierno, allí las realidades resultan muy fuertes y el principal problema de estos es que piensan a nivel local y deben gobernar a nivel global. El viejo liberalismo tampoco ha muerto, pero sí está adormilado y confuso ante las nuevas realidades. No estoy hablando aquí de un utópico liberalismo político pero no económico. El liberalismo es una ideología y por tanto global. Cree en el hombre por encima de todas los cosas y actúa en consecuencia. Lo que ha dado en llamarse –equivocadamente- como neoliberalismo es más bien una especie de revolución conservadora que exacerba el liberalismo económico, en cuanto sociedad de mercado, pero mantiene vivos los principios filosóficos y religiosos de los viejos conservadores. Es clasista, excluyente y políticamente autoritario. Ignora totalmente las consecuencias negativas de la globalización y del propio progreso, no le interesan y por tanto no se preocupa en neutralizarlas, más bien las oculta. Utiliza el discurso liberal-económico en varios aspectos pero olvidando el fin último del pensamiento liberal que es el hombre. Entiendo que el liberalismo es la ideología que puede tener una respuesta orientadora a las complejidades de esta nueva era y a las contradicciones intrínsicas de la globalización, yendo al rescate de lo político sobre lo económico.

(*) Extractado de “El Uruguay entre dos Siglos”


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 22 de enero de 2000


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