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| Columnas de opinión | ||
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LOS
DESAFÍOS DEL URUGUAY DE FIN DE SIGLO
Inevitablemente no puedo dejar de añorar
el Uruguay de las ideas, donde existía un debate que si bien no siempre
fue bien encausado resultaba enriquecedor para todos. No me considero un
nostálgico y no dejo de deslumbrarme diariamente con los adelantos tecnológicos
que facilitan nuestra vida, que nos permiten aprender, conocer y
desarrollarnos como seres humanos. Cómo podría ser tan tonto de no
deslumbrarme frente al desarrollo del mundo informático, de las
telecomunicaciones, de las redes, es más no tengo tiempo para salir de un
asombro antes de entrar en otro. Soy de quienes no dudan que estamos
frente a una era esplendorosa, apasionante, llena de oportunidades y que
mis hijos podrán tener un mundo mucho mejor que el mío. Pero también
soy producto de una generación y me niego a encerrarme en mi mundo
privado para disfrutar de una posición relativamente cómoda, por lo cual
no puedo dejar de ver todos los peligros que esta era esplendorosa trae
consigo. Me niego a aceptar el quedar atrapado por estas dos visiones, que
finalmente tienen una fuerte carga ideológica, donde la nueva era es
entendida como la gran oportunidad de la humanidad, donde la sabiduría
del mercado nos llevará finalmente a una vida esplendorosa para todos y
la visión catastrófica de un gran complot capitalista que basado en las
nuevas tecnologías sumergirán a gran parte de la humanidad en el mayor
de los oscurantismos y donde sólo unos pocos privilegiados disfrutaran
del esplendor del nuevo siglo. Definitivamente me niego a aceptar estos
nuevos maniqueísmos, de eso ya tuve bastante en los sesenta, rescato la
confianza en la racionalidad del ser humano, creo que se trata de insistir
en un modelo modernizador que utilice las nuevas tecnologías en nuestro
favor, que re ubique el rol de un Estado garante, que asentado en un
manejo racional y responsable de la cosa pública potencialice nuestras
ventajas comparativas, que priorice el mundo productivo sobre el
financiero, que redimensione la primacía de lo político sobre lo económico
y que transite por el camino del desarrollo en equidad.
Toda esta fraseología puede sonar a
voluntarismo utópico para algunos, pero efectivamente creo en este país
y sobre todas las cosas creo en la capacidad del ser humano para actuar
racionalmente. Creo que si uno se planta en este fin de siglo con una
firme convicción de que la Historia avanza, que el futuro no se predice
sino que se construye, que los peligros no son para regodearse con ellos
sino para prevenirlos y evitarlos, que el vivir en democracia es un
derecho y que como tal debe ganarse, que nadie nos va a regalar nada y que
en definitiva sólo dependemos de nosotros mismos, quizás podamos
construirnos un país donde realmente valga la pena vivir. Porque en
definitiva esta es la pregunta principal, ¿estamos dispuestos o no a
hacer de éste un lugar donde realmente valga la pena vivir? ¿o
simplemente nos vamos a conformar pasivamente a convivir con la pobreza?
¿nos conformaremos con una democracia operativa o buscaremos una
democracia sustantiva? ¿quedaremos atrapados por el pasado o encararemos
el futuro con optimismo? No tengo dudas de que en nuestro país se
requiere un debate, abierto, franco, en profundidad, sin mitos ni
preconceptos, tendiente a definir los espacios de consenso en los cuales
construir nuestro futuro colectivo, sin ocultar los elementos
diferenciadores. Cuando
no existe debate ideas, ni actores o movimientos sociales, la política
ocupa un lugar totalmente secundario en la tumultuosa ola de reformas económicas.
La prioridad absoluta es para los procesos económicos y casi sin darnos
cuenta se suplanta el Estado todopoderosos, amo y señor de nuestras vidas
por la deidad del mercado. Sin duda un trueque maligno. Debemos comenzar
por recuperar la supremacía de lo político, sin caer en los viejos
errores de recrear un Estado voluntarista, simplemente en reconocer la
prioridad de la política para orientar la sociedad. Para ello deberemos
profundizar urgentemente la transformación de las estructuras del Estado,
no más retoques, lleguemos directamente al corazón del problema y
construyamos un Estado moderno. No sólo el Estado, muchas otras
instituciones deberán ser reformuladas, la democracia requiere de un
sindicalismo sano, que definitivamente comprenda que el tiempo de las
luchas de clases se terminó, que el trabajo está seriamente amenazado,
que hoy se requiere de una fuerte colaboración entre capital y trabajo,
donde la viabilidad de las empresas es parte también de la reivindicación
sindical. Lógicamente que ello supone su contraparte, la creación de una
clase empresarial, profesional y con visión del conjunto así como del
mediano y largo plazo. También se ha terminado el tiempo del empresariado
cortoplacista, sólo preocupado por la utilidad del hoy, esperando que
finalmente el Estado lo salve de sus propias ineficiencias. Deberemos, a
su vez, recuperar la visión de un país productivo, con fuerte vocación
exportadora, escapando de la infernal lógica del capitalismo financiero,
especulativo. Deberemos finalmente completar el proceso de reforma
educativa, trascendiendo lo que en esta materia se está haciendo. Los
procesos de reforma educativa resultan esenciales para países como el
nuestro así como del afianzamiento democrático.
Pero,
quizás el principal desafío que tiene el Uruguay por delante resulte de
un proceso de reculturización tendiente a superar la cultura del
descreimiento, de la desesperanza, del creer que todo se quedó allá, en
aquel estadio de Maracaná. Desprendernos de esa cultura que sólo puede
pensar el país conducido por un Estado paternalista con un enorme
paraguas debajo del cual todos nos cobijamos. Debemos recuperar el impulso
y el esfuerzo de quienes crearon este país y que quedó adormilado por
tantos años. Perder el temor a los cambios y defendernos de la
irresistible fuerza del “No”, despreciando las visiones catastróficas
que terminan siendo una profesía autocumplida. Desarrollemos la cultura
del riesgo, dejando de soñar con la seguridad del empleo público de por
vida que sólo puede llevarnos a la mediocridad y a desperdiciar las
enormes oportunidades que nos abre esta nueva era. Asumamos la cultura de
la colaboración, de la solidaridad social bien entendida, dejemos de
hablar en nombre de los pobres y hagamos algo por ellos. (*)
Extractado de “El Uruguay entre dos Siglos” Por: Juan Carlos Doyenart |
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