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| Columnas de opinión | ||
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EMPEZANDO MAL “Perdimos, pero que susto...”. Pocas veces esta frase ha reflejado tan bien una realidad como en las últimas elecciones. La izquierda no llegó al gobierno, los partidos históricos mantienen el poder, pero debieron chocar con las nuevas realidades sociales y políticas de este Uruguay de principios de siglo. Las señales fueron inequívocas, en el breve período de 15 años, la izquierda duplicó su electorado convirtiéndose en la primer mayoría, obligando a blancos y colorados a realizar un acuerdo histórico para ganar una elección por un margen relativamente escaso. Los uruguayos buscan nuevas alternativas, expresando su disconformidad con los gobiernos blancos y colorados. Para algunos analistas es cuestión de tiempo, en las elecciones del 2004 seguramente ganará el E. Progresista con el apoyo de la mitad del electorado. Frente a esta nueva situación existen diferentes actitudes por las que pueden optar los partidos históricos, teniendo en cuenta que probablemente el 28 de noviembre la ciudadanía les otorgó su última oportunidad. Una actitud posible consiste en variar radicalmente el rumbo de la conducción del país, tal como lo reclama la izquierda. Ello no supone una revolución socialista, simplemente viajar en el tiempo hacia aquél Uruguay del Estado benefactor y de la sustitución de importaciones, que muchos votantes frentistas parecen añorar olvidando que ese Estado desató una respuesta violentista por parte de la izquierda. En función de lo que parecen ser las tendencias electorales en el país se pueden adoptar una serie de medidas impositivas para sacarle al que tiene más y darle a los que tienen menos, otorgar más subsidios para salvar la industria y el agro, en la búsqueda del Uruguay productivo. Se pueden eliminar las AFAPs privadas, entregar la conducción de la enseñanza a los gremios docentes, terminando con la reforma educativa de Rama, derogar la nueva ley del marco energético, aumentar salarios a los funcionarios públicos e incrementar la regulación laboral, sin olvidar los planes de emergencia. Si el próximo gobierno recorre este camino dejaría a la oposición sin banderas, aunque correría el riesgo de perder las próximas elecciones ante el caos económico y financiero que viviría el país. Una segunda alternativa consiste en continuar por el mismo camino, con el mismo ritmo y los mismos estilos de hacer política. Lógicamente a esto apuesta el E. Progresista porque facilitaría la predicción de algunos analistas que afirman su inevitable triunfo. Es el camino más fácil y de final más predecible. No supone mayores esfuerzos ni muchos cambios. Consiste en continuar transmitiendo la imagen que el gobierno de coalición es una simple repartija de cargos, para lo cual sólo hay que pelearse por los ministerios y los directorios de los entes. Parte importante de este “modelo” es mantener la actual reforma del estado en su perfil más bajo. También se debe continuar con el estilo licitatorio de los últimos tiempos, generando todas las dudas posibles sobre la transparencia de dichos procedimientos, politizando a los organismos de contralor y, en lo posible, anulándolas. Para ser fieles al posicionamiento logrado hasta el momento, se deberá tomar como modelo la gestión de la intendencia municipal de Cerro Largo, sin necesidad de llegar a algunos extremos en los que incurrió Bejerez. Con el mismo espíritu sería conveniente olvidar la lastimosa experiencia de coalición que ensayaran Sanguinetti y Volonté, regresando a los gobiernos de “acuerdos parlamentarios” donde los partidos mantienen nítidamente sus perfiles y el único que paga los platos rotos es el partido del Presidente. A su vez, ello permite que las negociaciones y forcejeos sean continuos, que alguna fracción pueda tener su “escapadita” de vez en cuanto y afirmar su identidad, las sesiones parlamentarias tengan más colorido y de esta forma evitar que el E.P. sea la única oposición. Finalmente, sin pretender ser exhaustivo, se me ocurre una tercera alternativa. Ella estaría basada en la idea que el camino recorrido es correcto pero que requiere de ajustes muy importantes. Supone, entre otras cosas, profundizar reformas, acelerar el ritmo de ciertas transformaciones, reestructurar efectivamente el estado, apostar a los sectores exportadores competitivos, incentivar la reestructura de ciertos sectores productivos, apostar a una política comercial más agresiva y moderna, así como incrementar los incentivos para las inversiones del exterior. Esto deberá ser complementado con políticas sociales focalizadas y descentralizadas, que escapen a la burocracia estatal, donde se utilicen eficientemente los escasos recursos disponibles y que apunten a aquellos factores de riesgo social más importantes. Es el camino más complejo, pero el que seguramente necesita el país. Lógicamente que ello debe estar acompañado de un cambio de estilo y renovación de la dirigencia política. Si blancos y colorados leyeron correctamente el resultado electoral deberán comprender que este cambio es radical. No parece ser este el camino elegido hasta el momento, más bien parecería que la inercia de repetir los viejos comportamientos cuenta con mucho peso. También existen señales de algunos sectores nacionalistas, a partir de una lectura equivocada de su performance electoral, que muestran una inclinación hacia la primer alternativa. Las discusiones públicas sobre cuotas de poder, la licitación de las obras del aeropuerto y la tonta discusión sobre la paternidad de los votos que dieron el triunfo a Batlle son buenos ejemplos de lo que no se debería hacer. Por: Juan Carlos Doyenart |
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