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| Columnas de opinión | ||
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EL FIN DE UN CAPÍTULO
Estos últimos días de febrero, donde hemos llegado al final de
otro capítulo de nuestra historia política, son propicios para una
reflexión retrospectiva de cinco años de gobierno. Lógicamente el interés
y las expectativas están centrados en el nuevo gobierno que asumirá en
pocos días, pero inevitablemente este estará signado por los resultados
del período anterior y resulta pertinente identificar cuál ha sido su
legado.
Este Uruguay que nos deja el segundo gobierno de Sanguinetti en
casi nada se parece a aquel Uruguay de 1990, muchas cosas han cambiado al
punto que en varios aspectos este Uruguay resulta muy difícil de
reconocer e incluso de comprender. Sin lugar a dudas que la “ruptura”
se inicia en el gobierno del Dr. Lacalle, donde con una clara orientación
liberal el país se abre definitivamente al mundo y se reencuentra con una
economía de mercado inserta en un mundo ferozmente competitivo y
globalizado. Las consecuencias de ese brutal choque con la realidad del
mundo no se hacen sentir de inmediato, por el contrario esos años de
gobierno blanco, en su mayoría, fueron años de bonanza. Lógicamente,
para un país que no estaba preparado para competir, esta nueva inserción
internacional comenzó a presionar por el inevitable proceso de
transformaciones que debía implementarse con cierta premura. El país debía
transformarse radicalmente a riesgo de quedar totalmente marginado.
Algunas de ellas se iniciaron en el período 90-94, pero la estructura política
no estaba preparada para asumir ese reto.
El gran cambio que se genera en el período que termina en estos días,
fue la adecuación de la estructura de toma de decisiones políticas a las
nuevos requerimientos del país. No fue un cambio de personas, fue un
cambio de mentalidad, de forma de ver y hacer las cosas lo que permitió
contar en estos años con un esquema de gobierno eficiente. Obviamente
ello tuvo nombres y apellidos, porque nuestro ordenamiento jurídico político
no habilitaba de por sí las coaliciones de gobierno. El Dr. Julio Ma
Sanguinetti desde la presidencia de la República y el Dr. Alberto Volonté
desde el directorio nacionalista fueron, sin lugar a dudas, los artífices
de este cambio. Por primera vez, el país logró conformar un gobierno de
coalición con una impronta que en algunos casos hacía recordar a las
democracias parlamentarias europeas. Fue mucho más allá de un acuerdo
parlamentario, la coalición funcionó a nivel del Ejecutivo lo cual
permitió el procesamiento más eficiente de muchos temas que llegaban al
Parlamento con acuerdos firmes previamente establecidos. La propia
conformación del gabinete, desde su inicio mostró la voluntad política
de ambos líderes, al colocar al frente de los ministerios figuras
representativas de ambas colectividades. No tengo
dudas, que la Historia política ubicará a este período como una etapa
de importantes transformaciones, para lo cual alcanza con señalar tres de
ellas: la reforma de la seguridad social, la reforma del sistema político
y la reforma educativa. Pero también se la recordará como la etapa donde
el país abatió la inflación, logró la estabilidad económica y mejoró
su competitividad. Seguramente insuficiente, pero nada despreciable para
tan corto período. Posiblemente, como en otros países, pudieron lograrse
más cosas y en menos tiempo, pero ello significaría olvidar el contexto
social y cultural en el cual se procesaron estos cambios. Personalmente me
cuento entre quienes demandamos otros ritmos, pero hoy debemos reconocer
que se avanzó por el camino posible, con el realismo necesario y con una
visión del conjunto social. En realidad, este gobierno al cual la oposición
tacha de “neoliberal” tuvo una clara impronta social demócrata, lo
cual nos diferencia claramente del camino que Argentina recorre con el
gobierno de Menem. Creo que aquí radica una de las principales virtudes,
que muy pocos reconocen, de la coalición que lideraron Sanguinetti y
Volonté. La cultura socializante, predominante en nuestra sociedad, no
admite fácilmente un
liberalismo económico radical que rompa abruptamente con muchas de
nuestras tradiciones o mitos. Ambos líderes tuvieron la capacidad de
comprender esa realidad, quizás porque la compartían, y avanzaron en
soluciones que paradojalmente merecerían denominarse con el mismo slogan
electoral utilizado por la izquierda para enfrentar a la coalición. El
caso es que, el proceso de transformaciones se realiza sin necesidad de
que el país pague elevados costos sociales como en otras latitudes y sin
afectar la estructura de distribución del ingreso que continúa
caracterizando al país. También resulta paradojal, que una izquierda que
intenta identificarse con la social democracia se sienta más “cómoda”
con Batlle que con Sanguinetti, sólo explicable si uno se queda en el
superficial nivel del relacionamiento personal.
En definitiva, creo que el principal legado de este período de
gobierno radica en el estilo de conducción por el que optaron Volonté y
Sanguinetti. Personalizar en ambos líderes el proceso vivido se explica
por no estar totalmente convencido que ello suponga una nueva cultura de
gobierno asumida por sus respectivos partidos. El P. Colorado, en la
medida que mantiene la conducción del ejecutivo, necesita de este tipo de
coalición, pero en el caso del P. Nacional las cosas son mucho más
confusas, existiendo varios indicadores que hacen pensar en un cambio de
estilo. Para empezar en el gabinete no están las principales figuras
nacionalista y tanto el herrerismo como Larrañaga han expresado en varias
oportunidades sus críticas al estilo del Dr. Volonté, asumiendo que la
perdida de su caudal electoral se debe justamente a ello. Cometen un grave
error, no están sabiendo leer las nuevas realidades y desperdician el
principal legado de este período. El P. Nacional pagó un alto costo
electoral por otras razones, entre ellas por haber asumido en forma
vergonzante su rol en la coalición. Para que el país consolide una
cultura coalicionista se debería reeditar la experiencia anterior. Por: Juan Carlos Doyenart |
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