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LOS MONTEVIDEANOS Y EL CEPO


El candidato colorado a la intendencia de Montevideo, Oscar Magurno, fijó las bases de su plan de gobierno: repartir tierras y eliminar el cepo. El veterano político pachequista no dudó en definir el perfil de su candidatura, seguramente inspirado en el viejo estilo de su anterior sector político proclive a las ofertas populistas. En esta elección su adversario es la izquierda, que representa el oficialismo y que aparece cómodamente instalada en el palacio municipal. El pachequismo perdió definitivamente su espacio populista en el 89, cuando el Dr. Vázquez llega a la intendencia capitalina prometiendo repartir tierras y bajar el precio del boleto. Si bien no pudo cumplir con ninguna de las dos promesas se adueñó definitivamente de la marca y eliminó a quienes, hasta el momento, mejor la habían representado. Hoy Magurno vuelve a la carga con dos temas que su instinto le presenta como banderas electoralmente redituables. El reparto de tierras es un viejo símbolo de la sensibilidad social frente a la situación de los sectores más carenciados, sensibilidad que cualquier candidato debe siempre demostrar. El tema del cepo es muy diferente, responde a un tema de otras dimensiones y otros alcances, pero que sobre todas las cosas pega fuerte en la administración frentista.

Si bien en la administración Vázquez comienza a gestarse la idea sobre el nuevo sistema la responsabilidad de instalarlo la transfiere a la próxima administración, siendo el Arq. Arana quien debió enfrentar las resistencias que generó dicho sistema. El mismo venía a solucionar uno de los varios problemas que enfrenta la ciudad a raíz de un explosivo crecimiento del parking automotriz. Ni el diseño de la ciudad, ni las reglas de tránsito, ni quienes debían hacerlas respetar estaban capacitados para enfrentar este nuevo problema, que anteriores administraciones no supieron prever. Centro y Ciudad Vieja eran zonas imposibles para estacionar y plagadas de infractores que lo hacían en lugares prohibidos generando innumerables situaciones de riesgo. Los montevideanos con automóvil, cada vez más numerosos, apelando a un estilo muy uruguayo, nos habíamos acostumbrado a abusar del anterior sistema, caracterizado por ser excesivamente flexible y en muchos caos corrupto. El mismo habilitaba a los mil trucos que los uruguayos siempre creamos para transgredir normas y no pagar por ello. La instalación del sistema de estacionamiento tarifado, en manos de una empresa privada, significó un cambio muy abrupto que de un día para el otro imposibilitó continuar con esas prácticas. Las resistencias no se hicieron esperar, centradas en los perjuicios ocasionados a quienes viven en dichas zonas que no podían estacionar su auto frente a su domicilio. Lógicamente que allí no estaba el principal problema, el mismo se centraba en que fuimos obligados a un cambio de hábitos que ponía fin a aquella práctica de estacionar “por un ratito” donde me quedara más cómodo, sin importar a quién perjudicaba y arriba... gratis.

Con el tiempo, el estacionamiento tarifado demostró sus virtudes. Hoy es posible el imposible de ayer, se estaciona en la propia Ciudad Vieja donde por arte de magia surgen lugares, aunque tengamos que caminar dos o tres cuadras hasta el lugar de destino. También disminuyeron los estacionamientos en doble fila y otras aberraciones que hacían prácticamente imposible el tránsito por algunas calles. En definitiva el nuevo sistema racionalizó uno de los aspectos de nuestro complicado tránsito vehícular, mejorando nuestra calidad de vida. Claro que no todo eran rosas. Para que el sistema efectivamente funcionara y no heredara los vicios del anterior, se requería un fuerte sistema punitivo que fuera más allá del monto mismo de las multas. Ello trajo aparejado el famoso cepo y los camiones guinches. No va más aquello de estacionar en lugares prohibidos, aún a riesgo de ser multado, porque ahora se llevan mi coche. Tampoco el estacionamiento de “garrón” porque me encepan y no puedo retirar mi vehículo. Sin lugar a dudas son sistemas efectivos por su capacidad disuasiva, aunque también debemos reconocer que resultan muy agresivos y por tanto incrementan las resistencias, así como algunos episodios de violencia que lamentablemente terminaron con un trágico desenlace días atrás. Ese lamentable episodio dio pie a que se retomaran las críticas al sistema y el tema recuperara notoriedad.

La promesa de Magurno, quizás muy popular no deja de ser un disparate. Es una medida facilista que nos retrotrae a situaciones anteriores que distan mucho de ser las mejores. El problema no está en el sistema en sí mismo sino en la forma que ha sido gerenciado. El sistema no puede funcionar en base a lograr una mayor recaudación por multas, en definitiva es un servicio que se brinda a la ciudad para su mejor funcionamiento. Como todo nuevo servicio debe ser comprendido y aceptado por quienes lo pagan  y no impuesto sin mediar muchas explicaciones. El sistema requiere de una campaña de información y de sensibilización en la población usuaria del mismo para que esta reconozca efectivamente sus virtudes. Así mismo necesita ser aplicado con corrección y respeto por el usuario principalmente en aquellos casos en que este será penalizado. El personal que ejerce estas funciones debe estar debidamente capacitado para neutralizar la agresividad que conllevan ciertas medidas y tratar al infractor como un cliente (porque en definitiva lo es) y no como un criminal.

Ordenar y racionalizar el tránsito es un fin muy loable, pero ello requiere de persuasión y educación de los usuarios y no de la aplicación burocrática y autoritaria de medidas punitivas. Sería de esperar que la nueva administración no siga la línea de Magurno, sino que corrija los problemas de gestión que sin duda tiene el sistema e incluso pueda extenderlo a otras zonas de la ciudad.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 26 de febrero de 2000


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