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| Columnas de opinión | ||
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UN PRESIDENTE TRANSGRESOR
En el breve período como presidente electo y en
los pocos días de desempeño efectivo del cargo, el Dr. Jorge Batlle no
dejado pasar muchas oportunidades sin imprimirle un tinte muy personal a
sus actos. Nada inesperado para una figura que hace muchos años se mueve
en los principales niveles de atención política del país. Aunque no
hubiera alcanzado la presidencia seguramente tendría su lugar en nuestra
historia, pero hoy con cinco años por delante comandando el gobierno ese
lugar será destacado. El hecho es que hoy tenemos un presidente que no
duda en transgredir muchas normas, asumiendo un estilo de relacionamiento
muy particular. Quizás para algunos esto sólo genera datos anecdóticos,
pintorescos o divertidos, pero tengo la impresión que ese estilo
transgresor ya genera consecuencias políticas no menores. Trascendiendo
la anécdota, Batlle está demostrando ser un presidente dispuesto a
transgredir muchas de las prácticas habituales de nuestro sistema político,
algunas de ellas que hacen a la sustancia del funcionamiento del mismo.
Cuando en su primer reunión de gabinete afirma que hay que terminar con
los “curros” no hace más que traducir a un lenguaje corriente algunas
frases de su discurso ante la asamblea general. Sin duda un hombre de
pensamiento liberal que marca diferencias con su antecesor, no en temas de
orientación general pero sí con énfasis muy claros en ciertas áreas.
Pero la diferencia sustancial parece afirmarse en lo que será el manejo
del poder y en su relacionamiento con los partidos políticos, justamente
allí parece radicar la máxima transgresión del nuevo presidente. Nuestro
sistema político tradicional ha generado, históricamente, una amplia red
clientelística sobre la cual se ha sustentado en buena medida las
estructuras de los partidos históricos. El clientelismo es un sistema de
retribución de “favores” fundamentalmente políticos, aunque no
exclusivamente. La moneda de pago corriente es el cargo en la administración
pública, que en el pasado sirvió para engordar nuestra estructura
estatal. Si bien la clase política entendió que esta práctica era
negativa para los intereses del país, prohibiéndose –por ley- la
creación de nuevos cargos, el clientelismo no ha desaparecido. Siguen
existiendo muchos cargos de confianza en la administración pública, el
estado continúa siendo un importante comprador y las licitaciones para
obras públicas o concesión de servicios se han incrementado. Por otra
parte, quienes llegan a cargos de poder son políticos que en su ascenso
generaron muchas deudas que deberán pagar de una forma u otra. En algunos
casos estas situaciones se ven agravas y un claro ejemplo de ello son las
intendencias municipales, principalmente en el interior del país. Estas
son verdaderas jefaturas políticas, con mucho poder y sin las
limitaciones que existen en la administración central. Muchos de los
problemas económicos y financieros por las que atraviesan están
generadas en una mala administración de recursos, donde las
“prioridades” políticas tienen su buena cuota parte. Un caso aparte
resulta de la Intendencia capitalina, en la medida que el EP funciona bajo
lógicas partidarias diferentes a la de blancos y colorados, pero aún así
han generado su propio sistema clientelístico. Allí el principal cliente
resulta ser ADEOM, lo cual lleva a una desmedida erogación en sueldos en
desmedro de los servicios a la comunidad. Otro ejemplo, ampliamente
difundido últimamente, son las empresas del estado quienes también son
dirigidas por personal político y que utilizan el recurso publicitario
como medio de pago de favores o fidelidades políticas. De estos ejemplos
existen mil más, en la medida que el estado uruguayo continúa siendo muy
poderoso y de una forma u otra cualquier actividad privada termina
dependiendo de él.
Contra todo esto se pronunció Batlle en forma muy enérgica. Ello
no supone que sus antecesores no reconocieran el problema, simplemente que
atacarlo supone inevitablemente un conflicto de intereses no fácil de
resolver. El problema en si mismo está firmemente emparentado con las
reglas de funcionamiento de los partidos políticos, hace a los liderazgos
y a las fidelidades sectoriales. El nudo del problema radica que en la
medida que los partidos históricos no cambien sus reglas de
funcionamiento internas necesitan
de ciertas cuotas de clientelismo, pero a su vez si estas prácticas
se incrementan puede llegarse a la situación de otros países, como
Venezuela, donde finalmente los extermina. Como cualquier devoto creyente
de que el sistema democrático se sustenta en la fortaleza de su sistema
de partidos, el tema me preocupa y lo peor es que no estoy totalmente
convencido que el camino emprendido por Batlle sea el mejor. Por: Juan Carlos Doyenart |
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