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| Columnas de opinión | ||
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SINDICALISMO EN RETROCESO
Jueves
8 de junio del 2000, 100 días del gobierno de Batlle, paro general. Así
de fácil, claro y tradicional. ¿Por qué el paro? Por las dudas, para
demostrar que los trabajadores no son tontos, que tienen “fuerza”, que
no están dispuestos a que un nuevo gobierno neoliberal acreciente la
indebida apropiación de la plusvalía que genera el trabajador. Esto es
la lucha de clases, contra el capital y sus socios en el gobierno. El país
se hunde en la miseria y la desesperación, 170 mil personas no tienen
empleo y 385 mil están subocupadas, con miserables salarios, sin ningún
tipo de derechos o cobertura estatal. Se cierran fábricas, mutualistas, y
la basura se amontona en las calles de la capital, ¿cómo no hacer un
paro general? El gobierno es el responsable, debe aumentar los sueldos de
los funcionarios públicos, establecer un salario mínimo exigible a toda
la actividad privada, continuar aumentando las jubilaciones, crear empleo
(¿) y, de paso, castigar a los militares. Lamentablemente, esto no es una simple caricatura, es la realidad lisa y llana. Este es el pensamiento rector de nuestra dirigencia sindical, que en esta ocasión adquirió una virulencia verbal y en acciones concretas realmente increíble. En las oratorias de los actos barriales que animaron este paro pudimos oír la vieja retórica antifacista, muy común en aquel PC de los años 50 y 60, donde el gobierno de Batlle era acusado de utilizar los mismos métodos propagandísticos del nazismo. También a un dirigente sindical, que fuera detenido por atentar contra el transporte colectivo de pasajeros, en el momento de llegar a un juzgado acusa al gobierno de antidemocrático, represor de los trabajadores, al estilo del “pachecato”. Toda esta violencia verbal fue abonada por atentados contra el transporte de pasajeros y trabajadores de la prensa, sin perder la oportunidad de agresiones para saldar cuentas internas en relación al conflicto de Adeom con la intendencia frentista. Sin pretender negar que estos episodios me generan cierta indignación, creo que merecen de una reflexión calma, porque no responden a hechos aislados, impulsados por un pequeño grupo, sino que a un estado de situación en el mundo del trabajo sumamente preocupante. Una sociedad que pretende desarrollarse económica y espiritualmente, en un mundo muy difícil, competitivo, agresivo, donde nadie regala nada, requiere de instituciones fuertes, modernas, creativas y capaces de afrontar los nuevos desafíos. La institución sindical es una de ellas, es lo que denomino un sindicalismo en retroceso. Lamentablemente, en estas épocas de crisis institucional, el sindicalismo es de las más afectadas. Sus demostraciones de “fuerza”, como las vividas el día 8, se parecen más a un desesperado grito de ahogado, que a otra cosa. Dada nuestra idiosincrasia, paralizar el país no resulta nada complicado y con ello no se demuestra el “acatamiento” de las grandes masas de afiliados. En realidad todos saben que el nivel de afiliación sindical, lamentablemente, es muy bajo. Funcionarios públicos, sector financiero, transporte, algunos sectores de la industria y poco más. En un país, básicamente de servicios, donde predominan las pequeñas empresas y abundan los cuentapropistas, se hace y se hará cada vez más difícil la afiliación sindical. Ello se agrava por la vieja concepción clasista que práctica la dirigencia sindical, que se niega a comprender las nuevas formas que va adquiriendo el mundo del trabajo.
El país requiere, ya no el Pit – CNT, de otra dirigencia
sindical. El mundo del trabajo se basa hoy e la cooperación, no en la
lucha de clases. Cooperar para incrementar la productividad, la eficiencia
de nuestras empresas (públicas y privadas), creando condiciones para la
inversión productiva, mejorando la calidad del trabajo y su remuneración.
Hoy los problemas de las empresas y de los trabajadores son coincidentes.
Sin embargo ninguna de las dos partes lo ve así. Hoy el único sentido
que tendría una protesta pública de los trabajadores, donde se paraliza
el país para ser oídos, pasa por otras reivindicaciones. Las famosas
plataformas sindicales, en lugar de repetir el mismo contenido de 50 años
atrás, debería incluir demandas al gobierno para que mejore su
eficiencia, se modernice, baje los costos, proteja nuestros intereses
comerciales en el exterior, rebaje impuestos, invierta en desarrollo
tecnológico, elimine los monopolios, desregule actividades y facilite la
inversión externa. Por el contrario se le pide que mágicamente cree
empleo. Ello supone lisa y llanamente emisión de moneda, incremento del déficit
y del endeudamiento externo, es decir inflación. Se pide mantener los
monopolios estatales, como forma de asegurar las fuetes de trabajo,
aumentar los sueldos que paga el estado, subvencionar actividades
ineficientes, incrementar el gasto en seguridad social, salvar empresas
fundidas, y un sinnúmero de cosas más que parten de la vieja visión del
estado todopoderoso creador y actor principal de la economía. Por: Juan Carlos Doyenart |
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