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| Columnas de opinión | ||
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EDUCACIÓN: UN BALANCE DE LA REFORMA Con el próximo cambio de autoridades en nuestro sistema educativo primario y secundario, seguramente se cierre una etapa. Ello no supone suspender los proyectos pendientes de la reforma iniciada por Germán Rama, pero difícilmente, sin su conductor, esta mantenga su ritmo y orientación. Para ello, lo lógico es que Rama se hubiera mantenido en el cargo por otro período, sin embargo esta no parece ser la idea del presidente Batlle. Sin lugar a dudas, la reforma educativa estuvo marcada por una impronta personal muy fuerte que se fundamenta en la personalidad de su gestor y en la visión que él tiene de la educación, la sociedad y el rol del estado.
Desde esta página, en más de una oportunidad he defendido la
reforma frente a los ataques de sus detractores, que en la mayoría de los
casos referían a cuestiones de poder político y no de contenidos
educativos. Porque en realidad, ¿quién puede disentir con la
universalización de la escolaridad de los niños de 4 y 5 años? O con
las escuelas de tiempo completo o con una mejor alimentación en
las escuelas de barrios carenciados o con las medidas tendientes a reducir
los niveles de repetición, etc., etc. Nadie, porque la oposición se
generaba en otro aspecto que hace al estilo de conducción de Rama y a una
lucha por el control de la educación en la que históricamente la
izquierda uruguaya, a través de los gremios de la enseñanza, siempre
estuvo enfrascada. En realidad, toda la polémica desatada a raíz de la
reforma, en los últimos 5 años, fue totalmente estéril. Por lo menos,
desde la perspectiva del sistema educativo uruguayo. Nos perdimos una muy
buena oportunidad para discutir, y avanzar, en qué tipo de sistema
educativo necesita el país de cara al nuevo siglo. Uno tiene la impresión
que el único que tenía las ideas claras era Germán Rama y que los
sectores de izquierda que se opusieron a la reforma nunca llegaron a
comprender el contenido real de esa reforma. ¿Sobre qué ideas básicas se planteó esta reforma educativa? En primer lugar sobre una visión de la sociedad donde el estado cumple un rol central y centralizador en materia educativa. El estado tiene un rol insustituible como planificador, hacedor, regulador y fiscalizador del sistema. Ello supone que, inevitablemente, para cumplir esas funciones el sistema deba ser fuertemente centralizado, como lo es hoy día. Así mismo, esta visión no genera mucho espacio para la enseñanza privada, la que sólo pude ser tolerada en a medida que se ajuste estrictamente a las normas que el estado fija centralmente y que, como en nuestro caso, puede llegar al extremo de fijar programas únicos, con asignación horaria semanal por materia. La lógica de ese sistema es la ausencia total de autonomías. La segunda idea, que anima este pensamiento radica en un rol socialmente integrador del sistema educativo, que en el caso de nuestro adquiere particular importancia. Ello supone que el sistema educativo es prácticamente la única arma de que dispone la sociedad para enfrentar su dualización. En varias oportunidades Rama ha puesto sobre la mesa el rol jugado por la “escuela pública” como integrador e igualador de nuestra sociedad, lo cual es estrictamente cierto. Ese rol, que se comienza a perder en los últimos 20 años, es el que se quiere rescatar con la reforma educativa. Esta es la típica visión cepaliana, de los años 60 de la cual, Germán Rama, es uno de sus últimos intérpretes. Paradojalmente, la izquierda uruguaya, vieja refractaria del cepalismo, hoy huérfana de otras ideas, ha optado por esa visión. Con lo cual, en el plano estrictamente de las ideas, y no de la lucha por el poder político, se hace muy difícil comprender el porqué de su actitud frente a la reforma de Rama. Pero más allá de ello, cabe preguntarse si la visión cepaliana aplicada a la educación mantiene su vigencia o si las nuevas realidades suponen respuestas diferentes.
Lógicamente, escapa a mi capacidad el dar una respuesta definitiva sobre
el tema, pero sí el plantear algunas interrogantes que son parte de esa
polémica que nunca pudimos tener. Los
sistemas educativos deberán adaptarse a la era de las telecomunicaciones
y de la informática. La transición cultural está operando sobre los
factores enlentecedores del desarrollo, y la educación es uno de ellos.
Cada vez más se tiende a una educación más diversificada, menos
masificada, que ofrece innumerables alternativas, una educación que crea
una cultura técnica en la sociedad, sobre su forma de relacionarse con
las nuevas tecnologías y que capacita a la gente para la innovación y el
desarrollo personal. Pero, también es cierto que la educación se
convierte en una de las pocas armas con que contamos para defendernos de
la desintegración social. La sociedad de la informática y las
telecomunicaciones, llena de atractivos y posibilidades, también golpea
muy fuerte a estructuras sociales muy integradas como la nuestra. Por ello
los sistemas educativos deben contar con un claro fin social
Sobre el tema de la equidad social es donde la reforma de Rama ha avanzado
sustancialmente, y seguramente sus resultados serán muy significativos en
el mediano plazo. También se ha dado un enorme paso en la
profesionalización de la docencia secundaria, que cualquier esquema
futuro podrá utilizar a su favor. Pero no es claro que para ello se
requiere un sistema estatista centralizador, no acorde con una sociedad
cada vez más diversificada. Hoy se requieren sistemas flexibles, dinámicos
y descentralizados para avanzar en cualquier área. La idea de una
liberalización, merecería ser estudiada con mayor detenimiento, porque
de alguna forma por allí pasa, en buena medida, la gran discusión sobre
los sistemas educativos. Los monopolios nunca fueron sanos para ninguna
sociedad, la posibilidad de que los padres elijan con mayor libertad no
deja de ser seductora y más acorde con las nuevas realidades. Quizás, la
reforma deba comprender aspectos estructurales (administración y
planificación), teorías educativas, metodologías, distribución y
racionalización de recursos (humanos y materiales), sin perder el sentido
social. Por: Juan Carlos Doyenart |
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