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| Columnas de opinión | ||
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DE SU PROPIA MEDICINA El jueves 13, asumieron los nuevos intendentes departamentales en casi todo el país. Varios de ellos vienen por su segundo mandato, y en algún caso por el tercero. Los actos de toma de posesión de cargo estuvieron signados por discursos cargados de preocupación por la difícil situación financiera de los municipios. Concientes que muy poco puede esperarse de la ayuda central, los nuevos intendentes marcaron con énfasis la necesidad de administraciones más austeras, donde el control del gasto será su preocupación central. Un presupuesto municipal presenta tres componentes centrales: retribuciones, gasto de funcionamiento e inversiones. El primer componente es ampliamente mayoritario y, por lo general, el de inversiones es el menor. En nuestro país, un intendente es el jefe político, el gerente, el administrador y ocupa la titularidad de varios “ministerios”, como salud, vivienda, cultura y obras públicas. Muchos roles para una sola persona cuya capacidad básica, por la cual fue electo, es la de dirigente político. El obtener la reelección, como ocurre en muchos casos, puede generarse por ser un buen administrador, por buen ministro de obras públicas o por un buen manejo del poder político. En general, este último factor es el de mayor peso y, con escasos recursos, choca frontalmente con el de buen administrador. Hoy se les exige poner énfasis en la gestión administrativa lo cual supone afectar la función clientelística, sustento básico de su jefatura política. Es cierto que no todos los casos son iguales, pero esquemáticamente pensemos en dos grandes agrupamientos: la intendencia capitalina y las otras 18 intendencias del interior del país. En el caso del interior, el clientelismo político ha sido la regla general y el gasto en sueldos y asesorías resulta excesivo para la función que realmente se cumple. La Intendencia Municipal no podrá seguir siendo la principal fuente de empleo, ni funcionar como paliativo para el ausente estado benefactor. Se deberá asumir un nuevo rol como garante y orientador, pero no más como el gran hacedor. Las reelecciones se deberán encontrar por la capacidad orientadora y dinamizadora de la gestión municipal y no por la capacidad política de satisfacer demandas clientelísticas.
En Montevideo, la situación es diferente. Para empezar hace 10 años
que se encuentra en manos de la izquierda, quien históricamente repudió
el clientelismo. En segundo lugar, porque en ese período se vivió una época
de bonanza en los ingresos provenientes del parking automotriz y de la
construcción. Sin embargo, cuando se pasa raya y se calculan resultados,
el déficit es muy importante. Ello podría explicarse por la realización
de grandes obras que no las hubo, con excepción del sanemiento financiado
por el BID. Otra posibilidad radica en incrementos de la plantilla de
funcionarios, que tampoco existió. Finalmente, este déficit puede
explicarse por significativos aumentos salariales con el fin de mejorar la
eficiencia y una importante disminución de los ingresos ante el fin de la
etapa de bonanza. Esto último es lo que aparentemente ha ocurrido en la
intendencia de Montevideo. No existió previsión sobre el flujo de
ingresos y el aumento salarial no generó los resultados esperados, por el
contrario, creó un monstruo clientelístico mucho más voraz que el de
las intendencias del interior, el de sus propios funcionarios. Quienes estuvimos el jueves 13 en el atrio de la intendencia vivimos escenas muy desagradables y poco creíbles. El intendente con más votos en la historia del país, ante la presencia de delegaciones extranjeras, fue insultado por un grupo de funcionarios municipales acusado de mentiroso y ladrón. A diferencia de varios actos del interior donde los vecinos concurrían a vivar a su nuevo intendente, aquí no apareció el pueblo frentamplista a saludar a Arana, pero sí los funcionarios para abuchearlo. La primer intendencia frentista comenzó con una fiesta popular, la tercera (con una mayor votación) enfrenta una salvaje demanda corporativa de su principal cliente: ADEOM. Un funcionario asignado a la recolección de basura gana más del doble que un maestro en este país. Uno se pregunta que habría hecho la intendencia frentista si también tuviera la responsabilidad de pagar los sueldos de los maestros, como ocurre en otros países. Sin embargo, esos maestros tan mal pagos continúan ejerciendo responsablemente su función en la sociedad, mientras que los recolectores de residuos dejan de cumplirla cuando se les exige mayor eficiencia o cuando no funcionan las duchas. Es legítimo preguntarse de qué sirvió esa mejora salarial y el propio Rosselli dio la respuesta: de nada. Si los episodios del jueves 13, en el atrio municipal, se hubieran producido en una intendencia del interior, la dirigencia frentista lo hubiera interpretado como el repudio popular ante una administración corrupta y carente de sensibilidad social. Allí se hubiera expresado el rechazo de la clase trabajadora ante las políticas neoliberales de ajustes salariales para hambrear a los más humildes y transferir recursos hacia los más poderosos. Si la insensibilidad burocrática frente a un hogar humilde, denunciada por un votante del E. P., se hubiera perpetrado en San José o Salto, allí estaría demostrada una vez más la prepotencia de blancos y colorados frente a los desposeídos. Pero no, esto ocurre en la intendencia frentista, que ya lleva más de10 años. Es lo que mi abuela decía: probar de su propia medicina. Creo que estos tristes episodios tienen su cara positiva. Ayudan a ver el otro lado de las cosas, educan a quienes desde la oposición nunca supieron comprender los problemas y limitaciones del ejercicio del poder. Permiten comprender que no todas las acciones sindicales deben ser apoyadas incondicionalmente, que la clase trabajadora también se equivoca. Así mismo, es de esperar que en el futuro la intendencia de Montevideo actúe en función de los dichos de Arana, asumiendo que su principal cliente son los vecinos de Montevideo y no ADEOM. Por: Juan Carlos Doyenart |
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