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| Columnas de opinión | ||
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LA UTOPÍA SOCIALISTA Cuando en noviembre de 1989 caía el muro de Berlín, en este pequeño y apartado rincón del mundo el Partido Comunista uruguayo obtenía uno de sus más importantes resultados electorales que lo ubicaba como la principal fuerza política del Frente Amplio quien, a su vez, accedía al gobierno municipal de Montevideo. Sobre el estrepitoso derrumbe del modelo comunista se ha escrito y hablado mucho en todas partes del mundo, aquí en Uruguay muy poco, con la excepción de los viejos reaccionarios de siempre que no supieron respetar el duelo de los compañeros comunistas. Posiblemente ese silencio y aquél resultado electoral permitieron que, de allí en más, la izquierda marxista asumiera esa actitud de cierto desdén frente a los escombros del muro de Berlín, como diciendo: “..yo con esto no tuve nada que ver”. Y efectivamente ello fue así. Ya nadie habló de la revolución socialista, del proletariado urbano, de la plusvalía o la lucha de clases. El discurso y las medidas populistas tomaron su lugar en la lucha contra el capital y aquella ideología otrora la archienemiga del socialismo marxista, fue ocupando su lugar de privilegio sin ruidos o traumas. Seguimos teniendo nuestro partido comunista, ya sin votos y sin los cuantiosos recursos provenientes de la colectas populares (principalmente la obtenida en la esquina de Ellauri y Br. España). Aquel viejo Frente, que en sus orígenes contó con una integración heterogénea, sirvió de refugio ideal para los sectores marxistas (incluidos los ex grupos guerrilleros). El Frente no requería de renovaciones ideológicas en la medida que nunca asumió oficialmente una definición socialista. Su programa, fruto del pragmatismo del PC y de una transacción con los sectores no marxistas (que ya habían abandonado la coalición) sólo requería de ciertas actualizaciones porque tampoco era un programa socialista.
Todo ello permitió ese pasaje apacible, hasta casi natural, desde
una las ideologías más ortodoxas del marxismo leninismo que conoció la
izquierda latinoamericana a este estado de vacío ideológico ocupado por
un gratificante pragmatismo electoral. Es en este marco, que el nuevo
secretario general del partido Socialista uruguayo nos habla de una oferta
electoral discriminada que atiende a demandas diferentes. Por una parte,
la izquierda uruguaya tendría una oferta “materialista” dirigida a
los sectores materialmente carenciados y por otra, una oferta
“inmaterial” dirigida a aquellos sectores que han satisfecho sus
necesidades materiales pero se sienten vacíos de ideales. Esta oferta “ética,
ideológica”, según Manuel Laguarda, es la “utopía de la teoría
socialista”. Es decir, la propuesta socialista tiene un mensaje
terrenal: el populismo y otro postmaterial, que consiste en una cierta
teoría o modelo de sociedad irrealizable. Pero ese modelo utópico ya no
será la dictadura del proletariado de Marx, sino una especie de
democracia socialista. El socialismo de estado o socialismo real fue realizable, no era una utopía era parte de la inexorable marcha de la historia, estaba determinado, era el ineludible destino de la humanidad. Buena arte del mundo “disfrutó” de él por muchos años. Es cierto que muchos socialistas latinoamericanos no se sentían muy cómodos con el régimen soviético como modelo, principalmente por considerarlo poco revolucionario o muy burocrático. Ello permitió abrazar otros modelos socialistas como el de Mao en China o Fidel en Cuba. Estos socialismos eran mucho más auténticos, populares y revolucionarios, aunque todos coincidían en la necesidad de la dictadura del Partido único, en representación de una clase. Hoy Laguarda nos dice que no es tan así, que su utopía es democrática, pluralista y autogestionaria. Cree en la rotación de partidos, en las elecciones (posiblemente sin balotage) y en la gestión directa de la economía por los trabajadores sin la intermediación del estado o de los capitalistas. Una utopía es un proyecto irrealizable, que se mueve en el campo de los valores, ideales y sueños. No es un modelo de sociedad cerrado y científico, como el socialismo que todos conocimos. Ello permite hacer volar la imaginación sin límites, imaginar una sociedad sin clases, pero con la clase trabajadora en el timón, sin partidos burgueses, pero plural, con rotación de los partidos en el poder, aunque ya no exista el estado y cualquier otra cosa que Uds. quieran colocar allí, porque la utopía de Laguarda es profundamente democrática. Las utopías son cosas muy simpáticas, incluso pueden ser convenientes para aventar cualquier duda sobre el pasado, pero también son modelos que guían el accionar terrenal. Si mi utopía habla de una clase social triunfante, ello supone que la lucha de clases guía mi acción. Si es anticapitalista, combate el capital y su principal gestor : la empresa privada. Si es autogestionaria, elimina la propiedad privada y alimenta el viejo sentimiento colectivista. Porque, además de simpática, una utopía como la de Laguarda expresa la supervivencia de las ideas del socialismo real con un nuevo ingrediente nada despreciable, ahora será democrático. Ello supone eliminar las dictaduras del proletariado y la toma del poder por las armas, avance ideológico que no se explicita pero presupone. Claro que en la gran mayoría de la izquierda uruguaya el ideal democrático siempre estuvo presente, de una forma u otra. El problema, como siempre, radica en la idea democrática que se tenga, porque en este sentido la izquierda a sido muy prolífica en las adjetivaciones. Por ejemplo, Laguardia no puede definir al régimen cubano como una dictadura, simplemente como otra concepción de la democracia, que los cubanos optaron por darse y que desde fuera no debemos juzgar(¿). Es decir que para el P. Socialista uruguayo, quien se definió como marxista leninista y nunca se desdijo de ello, su revisión ideológica se reduce a traspasar el socialismo al plano “postmaterial” de la utopía, declarándose democrático, con una alcance muy amplio del término que llega hasta el régimen cubano y.....listo. ¡Qué barato pretende pagar su adhesión a una de las ideologías, en cuyo nombre se sojuzgó y asesinó tanta gente! Por: Juan Carlos Doyenart |
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