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NUESTRO POBRE PAISITO


              Nos guste o no nos guste, estemos informados o nos hagamos los tontos, la verdad es que nos toca vivir un mundo caracterizado por un salvajismo competitivo como nunca antes conoció la humanidad. Un mundo dominado por los mercados financieros, los masivos traslados de capitales de un punto a otro del planeta en la mínima fracción que supone apretar una tecla. Un mundo diametralmente distinto a aquél de los años cincuenta. Donde el que se para retrocede, el que duda pierde y el que no arriesga se muere.

Los países que deseen vender deberán acoplarse al ritmo de quienes pueden comprar y esto significa que las economías "pesadas" y poco comunicadas deberán cambiar radicalmente o quedarán totalmente fuera de esta carrera. Hoy es necesario pedalear constantemente sólo para no quedar rezagados. En la medida que los ritmos entre el Norte y el Sur se continúan desacompasando se constituye en un insalvable bloqueo del comercio entre ellos y el Norte prefiere negociar con el propio Norte y no con un Sur apático y lento. Los costes de una negociación lenta, poco fiable, los retrasos en las respuestas a la información solicitada, la pérdida de calidad de algunos productos, la inestabilidad social y política llevan a que nos alejemos cada vez más de nuestros clientes. El Estado contenedor, con una clara delimitación territorial donde se fijan políticas educativas, fiscales, sociales, políticas, culturales, etcétera, comienza a perder sus potestades. Hoy las empresas transnacionales continúan produciendo, repartiendo puestos de trabajo y pagando impuestos pero ya no lo hacen dentro de un espacio territorial determinado y controlado por cierta legislación, juegan en todo el tablero mundial, colocando sus piezas donde les resulte más conveniente. Ello genera procesos comerciales, financieros y económicos que determinan las políticas de los Estados más allá de lo que estos prefieran o de lo que sus ciudadanos demanden. Hoy es necesario pensar internacionalmente para actuar a nivel local. Esta situación obliga a los llamados países periféricos o emergentes, a concentrar todos sus esfuerzos en la exportación, compitiendo entre sí y con los países ricos por el capital transnacional. La competitividad es la palabra mágica del momento, quien no logra niveles decentes de competitividad, en base a una mayor productividad queda fuera del juego.  

            Los desafíos de la denominada “nueva economía” resultan muy duros para un país como el nuestro. Son demasiados los factores que no dependen de nosotros para que administremos mal aquellos que sí podemos controlar, aunque sea parcialmente. Es fundamental que comprendamos de una vez por todas que aquí nadie regala nada y que debemos aprovechar una de nuestras principales ventajas comparativas: nuestra pequeñez. En lugar de quejarnos de ella, aprovechémosla en nuestro favor. Porque esa pequeñez se asocia con una sociedad homogénea, cultural y políticamente, relativamente bien capacitada, con una enorme potencialidad de lograr consensos. Hoy se requiere de políticas firmes, consensuadas y de largo aliento. Metas muy difíciles de lograr para países grandes, divididos étnica y políticamente, con grandes masas sumergidas en la pobreza, totalmente marginadas de los procesos productivos. No es nuestro caso y debemos saber valorarlo. 

            Sin embargo, el paisaje cotidiano nos muestra cuán lejos estamos de valorar estas ventajas. Vivimos sumergidos en la pequeñez, no territorial o demográfica, sino mental. Lejos de intentar acuerdos amplios o consolidar coaliciones de gobierno para iniciar o profundizar procesos de cambio, optamos por facturarnos pequeñas cuentas. El deporte nacional es denunciar, acusar, dividir. La sociedad se corporativiza, cada uno defiende su pequeña chacra sin importar el cortoplacismo de los intereses que defiende o las consecuencias sobre el resto. Lo importante es encontrar las “siete diferencias”, no aquellos que nos una. Paradojalmente es mucho más lo que nos une de lo que nos separa, pero nos hemos empeñado en volcar toda nuestra creatividad en encontrar diferencias o inventarlas. En un mundo dominado por la incertidumbre, el país requiere de orientaciones claras, de liderazgos, de determinación y de apuestas firmes. Podremos equivocarnos, es parte del juego, pero debemos apostar. Los uruguayos estamos “bajoneados”, pero principalmente asustados, porque la incertidumbre atemoriza, porque no vemos una clase dirigente que asuma sus responsabilidades y actúe en consecuencia. Nos genera un gran desagrado ese cúmulo de rencillas domésticas que sólo alimentan nuestra desconfianza y confirman nuestros peores temores.

             No tenemos un gobierno de coalición, por lo cual nuestro Presidente no cuenta con los apoyos políticos necesarios para emprender ningún camino. Sólo podemos abrir el paraguas esperando que pase la tormenta, aunque nadie sabe sí alguna vez terminará. La experiencia del período de gobierno anterior, con aciertos y errores, mostró una coherencia de gobierno que nunca debimos perder. La estabilidad económica que se logró tuvo su principal explicación en la estabilidad política. Algunos llegamos a creer que habíamos alcanzado un punto de madurez política del sistema en función de las nuevas realidades, tanto políticas como internacionales. Sin embargo parece que esto no fue así, que aquella coalición se explicaba por la impronta personal de Sanguinetti y Volonté. Hoy los bloqueos no radican en la oposición, están en los propios sectores que teóricamente conforman la coalición. Jorge Batlle debe gobernar con Sanguinetti y Lacalle, le guste o no, por la simple razón del artillero. Lógicamente, sin olvidar quién fue electo Presidente. Los liderazgos generan obligaciones, más de la mitad de los uruguayos votaron por ellos, para que gobernaran en conjunto, las pequeñas rencillas no les importan. En toda sociedad siempre existirán los enanos, pero no permitamos que ellos gobiernen.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 26 de agosto de 2000


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