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EL PROBLEMA ESTÁ EN EL CÓMO


          Han pasado más de 10 años desde que se comenzó a hablar de la necesidad de reformar el estado. Mucho se dijo, mucho se escribió, mucho se refutó, pero muy poco se ha hecho. Diez años es mucho tiempo cuando hablamos de reformas a fin de este siglo. En realidad cuando uno está 10 años parado retrocedió 50 y muy difícilmente llegue a alcanzar a quienes ya despegaron. Claro que en nuestro caso se han hechos cosas, parciales, de mayor o menor importancia, disgregadas y sin continuidad. También se han hecho muchas cosas mal. Pero, tenemos una Comisión, que desde dentro del propio estado se encarga de reformarlo. Quizás todo lo hecho ha servido para atemperar los ánimos de los voceros del “neoliberalismo” privatizador y poco a poco el tema fue perdiendo fuerza. Hoy parece resurgir a partir de la conferencia que la ex ministra de Finanzas de Nueva Zelandia, principal gestora de la reforma del estado en ese país, Ruth Richardson, brindó en estos días.

             Si bien los consejos que diera Richardson hayan parecido un poco altaneros para algunos o excesivamente liberales para otros, la verdad es que presentan una lógica muy difícil de refutar. No podríamos decir que su diagnóstico y sus consejos nos muestran una realidad desconocida, pero tienen el valor de resumir, en forma muy didáctica, la visión que desde fuera se puede tener de nuestro país. Siempre desconfié de las verdades absolutas, de los modelos cerrados, pero no necesitamos comprar el “paquete” neo zelandés para comprender que sin una profunda reforma del estado difícilmente este país salga adelante. Porque más allá de los discursos electorales, todos sabemos que esto es así y que cuanto más se demore mayores serán los precios a pagar. Por lo menos, quienes han contado con las mayorías parlamentarias durante estos 10 últimos años coinciden en ese diagnóstico. Por lo tanto, la pregunta o las dudas no radican en la necesidad de la reforma, sino en cómo hacerlo y quién se anima a hacerlo. Somos una sociedad sin grandes traumas étnicos, políticos o religiosos, nos enorgullecemos de ser un pueblo culto, integrado y políticamente moderado. Blancos y colorados han mantienen la mayoría parlamentaria, sus diferencias son más históricas que de futuro, se cuenta con un Presidente firmemente convencido de la necesidad de la reforma, entonces, ¿dónde están los bloqueos? Las respuestas posibles son varias, intentemos algunas.

             Una explicación que muchas veces oímos es de índole cultural. Es cierto, las “vacas sagradas” están allí, pero ¿hasta qué punto no se pueden tocar? Un inteligente análisis de Gianelli mostraba como ciertos mitos finalmente caen o no son tales. El ejemplo del oro que pone el columnista de Búsqueda es muy esclarecedor, tanto como atinado el preguntarse hasta qué punto no ocurre los mismo con ANTEL u otras tantas mitologías “estratégicas” que atesoramos los uruguayos. También tenemos el drama de los funcionarios públicos, ¿qué político se atreve a ir contra el 22% de la fuerza laboral? Razonamiento equivocado por varios motivos. En primer lugar por suponer que los funcionarios públicos están conformes con su situación actual, cuando en realidad nunca llegaron a comprender en cuánto los puede favorecer una reforma del estado. En segundo lugar por considerar que el principal aspecto de la reforma pasa por echar gente. Con esa idea ya hicimos nuestra reforma, alentando a que los más calificados se fueran e impidiendo el ingreso de los jóvenes. No, la reforma ni empieza ni termina con la reducción del número de funcionarios, aunque efectivamente existe un excedente. Estas son algunas de las explicaciones, las más conocidas, pero también existen otras.

             Una reforma del estado es en cierta manera una reforma de la sociedad, no pasa por el expediente electrónico, la reducción de puestos de trabajo o algunos cursos de capacitación. La Reforma (con mayúscula) es más global, involucra al mercado laboral, al sistema educativo, a la función económica y comercial del estado (dentro y fuera del país), al desarrollo tecnológico y muchas cosas más. Hasta el momento se han tomado medidas parciales y desvinculadas unas con otras, cuando no contradictorias, no ha existido una idea rectora que oriente las transformaciones. Pero tampoco han existido liderazgos políticos firmes, decididos y orientadores de esta Reforma. No alcanza con tener el “presidente adecuado” al decir de Richardson, se requiere de una coalición de gobierno convencida. Nuestra coalición no lo está, y un buen ejemplo de ello lo tuvimos en estos días con las demandas para proteger la inexistente producción de azúcar. En la medida que algunos líderes sectoriales, de una supuesta coalición de gobierno, son arrastrados por intereses corporativos de sus electores, difícilmente se avance en un proceso de cambios. Pero lamentablemente tampoco hemos contado con un sector empresarial que presione por la reforma en forma decidida. Se ha priorizado la negociación puntual, el intercambio de favores, los remiendos de corto plazo y la supuesta solución sectorial. Una buena parte del empresariado prefiere seguir dependiendo del estado, mientras que otro sector, el que sirve, no puede despegar por el peso de ese estado. 

            Finalmente, creo que tenemos un gran problema de recursos humanos calificados para esta tarea. Porque si elimináramos todas o la mayor parte de las trabas señaladas, se requeriría de personal calificado para procesar la reforma. Esta no la podría implementar la propia burocracia estatal, por razones culturales, de inercia operativa y de intereses contrapuestos. Este ha sido otro de los errores que hemos cometido. Se requiere gente técnicamente calificada, convencida de esta reforma y con una visión global del problema. Sin vicios de funcionamiento burocrático, con capacidad gerencial y vuelo propio. No tengo claro si estos recursos humanos existen en el país y si existen, se encuentran dispersos y posiblemente desentendidos del tema. Asumiendo el riesgo de ser acusado de pretender privatizar hasta la propia reforma del estado, creo que la conformación de un equipo de personas capaces de implementarla es una tarea pendiente.

Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 2 de setiembre de 2000


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