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DEVALUACIÓN IMPRODUCTIVA


           Concomitantemente con el desarrollo tecnológico acelerado, luego de la segunda guerra mundial, el consumo hace explosión en todo el planeta convirtiéndose en uno de los objetivos prioritarios del ser humano. Este fenómeno, característico de los años cincuenta en Europa y EEUU, contra el cual se reveló la generación de los sesenta, hoy se expande a casi todo el mundo y por lógica también se ha instalado en nuestro país. Estamos frente a un claro proceso de personalización, donde lo privado prima sobre lo público, donde los miedos frente al futuro impulsan a vivir sólo en el presente, ajenos a cualquier referente colectivo. Después de la agitación política y cultural de los años sesenta, donde se realizara una enorme inversión en las cuestiones públicas y sociales, caímos en una época donde nos impermeabilizamos frente a los grandes dramas, lo trágico dejó de interesar, existe un reflujo por los intereses personales. Las grandes cuestiones políticas, filosóficas, económicas no nos ocupan, sólo lo privado, lo personal ocupa los primeros lugares de interés.

         Este proceso de personalización ha generado una verdadera explosión de reivindicaciones corporativas en diferentes planos. Hoy se toleran más las desigualdades sociales que las limitaciones sobre lo privado e individual. El interés corporativo, por definición sectorial y egoísta, es uno de los males de la sociedad moderna. La legítima y sana defensa de los intereses individuales (o de un grupo) frente a los atropellos del Estado, basado en aquel maniqueo “interés colectivo”, es una cosa, pero muy otra es cuando esos intereses corporativos presionan por soluciones particulares que generan males colectivos mucho mayores. Lógicamente que en esta actitud anida un cortoplacismo muy torpe que se cierra ante las consecuencias negativas que inevitablemente terminan sobreviniendo sobre ellos mismos.

            Los sectores exportadores, como el agro, venden en dólares y pagan en pesos, por lo tanto una devaluación de la moneda supone mayores márgenes de ganancia. Por lo tanto, la solución “lógica” ante los problemas de competitividad y de precios reside en devaluar la moneda. Nadie deja de reconocer, que una medida de este tipo en una economía dolarizada como la nuestra, genera sobre el resto de la sociedad y principalmente sobre los sectores asalariados consecuencias nefastas. Pero bueno, si en definitiva las posibilidades del país radican en las exportaciones que alguien pague el precio de la reactivación económica. Este razonamiento, hoy ya es público y los lobby actúan en ese sentido. Creo que este es un muy buen ejemplo, aunque no el único, de ese proceso de personalización y del auge del corporativismo.

             Claro que se me podrá señalar que ello siempre ocurrió con el agro, sector privilegiado si los hay. Efectivamente, pero en un marco internacional muy diferente al actual y al que tendremos por delante. El problema de nuestros productos agropecuarios no es de precios, es de competitividad. La competitividad tiene varios componentes, entre ellos el atraso cambiario, pero fundamentalmente se explica por una estructura productiva caduca, anquilosada, de muy baja inversión y peor gerenciamiento. La pregunta que lógicamente le formulamos el resto de los uruguayos a estos sectores es si no habría que pensar en cambios o reestructuras productivas profundas que permitan incrementar nuestra competitividad, abrir nuevos mercados y no depender totalmente de los buenos precios y de las políticas cambiarias de Brasil. ¿Nadie fue capaz de prever que los precios iban a caer, que en definitiva ello era un problema de incremento en la productividad de otros productores que hace años trabajan para ello? ¿O creían que los productos agropecuarios eran una excepción y que sus precios no serían alcanzados por la baja que genera el incremento de la productividad, como ya ha ocurrido con otros productos? ¿Creímos que como Brasil siempre nos compró lo seguiría haciendo para siempre? ¿Nadie pensó en pelear por nuevos mercados en lugar de quedarnos en la “cómoda” de trillar siempre los mismos caminos?

             El mundo cambió, es otro, son otras las exigencias y las reglas de juego. Claro que más duras y menos predecibles, pero con muchos mejores dividendos para quienes saben hacer las cosas. Si hoy devaluáramos, aunque fuera regresando a aquel 15 o 20% de poco tiempo atrás, si asumiéramos el costo social de la inflación y pauperización de ciertos sectores, si asumiéramos las consecuencias que ello tendría sobre la credibilidad del país ante los inversores externos diciéndoles que como no pudimos mejorar nuestra productividad ni bajar el costo del estado resolvimos volver a la vieja treta de devaluar, igualmente el agro seguiría en crisis. Seguiríamos con los campos vacíos, pero sin pagar el impuesto a la tierra porque llegará algún “perdonazo” que nos exonere de esas deudas. Seguiríamos dependiendo de 2 o 3 mercados y de sus fluctuaciones, seguiríamos teniendo estancieros y no empresarios agropecuarios. Seguiremos ignorando las economías de escala con pequeños predios de sobrevivencia, seguiríamos admirando a los neocelandeses y su capacidad de incorporar nuevas tecnologías. Eso sí, mantendríamos la rural del Prado con sus Mc Donals, sus maquinas electrónicas y muchos restaurantes, mientras abucheamos al ministro de turno. Protestaríamos porque los precios están bajos, porque otros venden más barato que nosotros, porque la carga impositiva del estado es muy pesada aunque ya no se paguen impuestos, porque la gente se va pa´ la ciudad y no quiere trabajar en el campo disfrutando de la ausencia de todas las comodidades mínimas de la vida moderna.

             Si efectivamente es cierto que el agro es la locomotora del país y que “sin él perecemos todos”, mejor sería que al momento de vender ANTEL también vendiéramos el país antes que nos ocurra como AFE.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 16 de setiembre de 2000


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