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SEPARAR LA PAJA DEL TRIGO


              Para algunas personas las movilizaciones de estudiantes de secundaria son parte de la primavera, de esas locuras estacionales de los jóvenes. Para otros suponen cosas más serias que una locura juvenil y se las emparenta con el activismo político de ultra izquierda y otros pensaran que es producto de una sociedad excesivamente permisiva. Seguramente exista algo de todo ello, pero no tengo dudas que el tema merece una atención más detenida.

            En primerísimo lugar es necesario analizar el derecho o la necesidad de los jóvenes de secundaria a expresarse y a exigir por canales de comunicación, más o menos formales, donde hacerlo. No tengo dudas que ese derecho existe y que es bueno que así sea. Para su ejercicio deben existir mecanismo de diálogo, donde los estudiantes puedan volcar sus inquietudes ante las autoridades de la enseñanza. Para las propias autoridades debería ser una necesidad el conocer estas inquietudes, el saber donde están los problemas según la percepción del estudiante. Como tampoco existen los canales para que los padres puedan expresarse, las autoridades de la enseñanza quedan muy aisladas de las realidades cotidianas de los liceos, sujetos a los informes burocráticos y parciales de los directores (cuando los hay). ¿Dónde un joven liceal o su familia pueden plantear su visión de las cosas, dónde pueden advertir sobre el abuso de muchos docentes que no concurren a dictar clases o de los programas que nunca se completan y luego se exigen en los exámenes o sobre los problemas de disciplina (sin hablar de las drogas) o de la ausencia de conducción real que existe en su liceo? Para ello dependen de la buena voluntad o seriedad de algunos directores, que no son la regla general. ¿Hasta dónde las autoridades de la enseñanza conocen estas cosas de primera mano? Tiendo a pensar que muy poco, la mayoría de las veces por versiones de familiares o amigos pero no por canales institucionalizados.

            La existencia de una comunicación más fluida ayudaría en mucho al mejor funcionamiento de nuestra enseñanza secundaria y evitaría buena parte de los problemas que tenemos hoy día. Quizás el problema parta de cómo se han desvirtuado las instancias de diálogo y de los intereses espúreos de quienes asumen los liderazgos estudiantiles. Pero también el problema radica que esa ausencia de canales de comunicación genera un campo fértil para quienes utilizan las legítimas inquietudes de los jóvenes. Aunque alguien pueda pensarlo, no soy ningún ingenuo en este tema. Conozco bien de cómo se mueven ciertos sectores de izquierda en el ámbito de la enseñanza y lo que para ellos esta significa. Históricamente la izquierda a considerado a la enseñanza como un campo de enfrentamiento ideológico – político y de “lucha por el poder con la derecha”. Aunque parezca trasnochado hablar de estas cosas al inicio del siglo, luego de tantas experiencias nefastas en aras de esas grandes gestas heroicas que motivaban y movilizaban a los jóvenes, efectivamente algunos sectores continúan creyendo en ello y otros simplemente actúan por inercia. El caso es que allí, como en algunos gremios de trabajadores, existen aquellos militantes de la revolución (¿) que tienen en la “conmoción social” una estrategia de lucha prioritaria para “socavar las bases del régimen”. Para ellos no importan los riesgos que se corren en esas “gimnasias” de ocupación y desocupación policial de los locales liceales, por el contrario, algún incidente lamentable puede servir mejor a sus fines.

            Es totalmente legítimo que los jóvenes liceales reclamen ser escuchados y para ello busquen llamar la atención, pero la ocupación de locales que terminan en la intervención policial es una medida muy riesgosa. Las autoridades de Secundaria han demostrado sensibilidad para escuchar y evitar enfrentamientos, pero dentro de otras reglas de juego. Para empezar los reclamos que se realizan no parecen ser los principales temas de preocupación de la mayoría de los estudiantes. ¿Hasta qué punto los estudiantes de secundaria puedan estar preocupados por la reforma educativa en liceos donde la misma no se ha aplicado? ¿Puede existir preocupación generalizada por reglamentos de comportamiento estudiantil en un ámbito por demás permisivo? ¿Y sobre el presupuesto en trámite parlamentario? Creo que no, que las preocupaciones y las exigencias de la mayoría, si pudiéramos oírlas, pasan por otro lado. 

Por otra parte, qué tienen que hacer en estas movilizaciones los Olesker o los Puig. En el caso de un legislador frentista su presencia puede servir para evitar desmanes, pero en el caso del ex asesor económico sólo se explica por su situación de desocupado luego del giro social demócrata de Vázquez. Ni que hablar del responsable de los derechos humanos del PIT CNT, cuya competencia sabemos muy limitada dada su condición de “no buchón” por lo cual si algún policía arremete contra un estudiante nunca lo delataría. No, nada tienen que hacer, como tampoco las “máscaras” estilo centroamericano que pretenden expresar situaciones de persecución y represión muy lejos de la actual realidad.

            Creo que a esos sectores no se los podrá convencer nunca de su “error”, por lo cual se les deben desmontar las posibilidades de movilizar a los jóvenes por causas ajenas. Para ello el mejor camino es acercar mucho más a las autoridades de la enseñanza a estos jóvenes. Para ello no alcanza con usar autos más populares, se requiere de una actitud en ese sentido e incluso de la implementación de canales de diálogo que incluyan mecanismos de representación estudiantil universal. En la medida que los jóvenes puedan encausar sus legítimas inquietudes, que se sientan escuchados y más cerca de las autoridades de la enseñanza, los sectores políticos que buscán manipularlos quedarán aislados.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 07 de octubre de 2000


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