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EL ANTI PROGRESO


           Algunos hechos ocurridos las últimas semanas, relacionados con el ámbito de la enseñanza me hicieron recordar un libro de Alvin Toffler, de la década de los setenta, cuando hablaba de la “tercera ola” para describir gráficamente el inicio de una nueva era simbolizada por el conocimiento y la revolución tecnológica digital, ante el fin de la era industrial. La simbología con el movimiento del mar al llegar a la costa resultaba muy gráfica permitiendo entender el entrecruzamiento de las aguas que se genera cuando una ola se retira y la otra llega. Efectivamente ello ocurría en las sociedades altamente industrializadas durante los setenta y algo similar ocurre en nuestros países hoy día. Varios hechos marcan el inicio de esa nueva era, de ese nuevo mundo al cual ni los uruguayos logramos sustraernos y otras muchas perduran de aquellas no tan lejanas épocas.

            Semanas atrás, en una facultad de nuestra universidad estatal los estudiantes criticaron las clases que se dictaban a alumnos en el interior del país mediante el sistema de video conferencia. Se argumentaba en contra de la nueva (¿) tecnología que no permitía el intercambio y la participación de los estudiantes, que se estaba regresando al viejo (¿) sistema de las clases magistrales y que ello iba contra el objetivo de formar conciencias críticas. Claramente, los dirigentes estudiantiles hacían gala de una tremenda ignorancia y exhibían todo ese primitivismo del anti progreso. Simplemente se oponían al avance de la nueva era, desconociendo totalmente (a pesar de su nivel universitario) las tecnologías que en todo el mundo se están utilizando. Preferían que, como en las viejas épocas, el docente se trasladara durante varias horas en ómnibus al interior para que frente a una pizarra diera su “participativa” clase. Paralelamente, en otra facultad el Consejo decidía no renovar el contrato a uno de los mejores especialistas en microeconomía del continente, porque los estudiantes no lo querían y por ser uno de los profetas de la “nueva economía”. La carta de sus alumnos directos demandado que se lo restituya elimina la primer razón y deja al desnudo la segunda: no queremos ni enterarnos lo que piensan ellos. Esta actitud es emulada por las bases del F. Amplio cuando rechazan oír lo que tengan que decir los personeros de la derecha que inteligentemente fueron invitados por Vázquez. No queremos ni saber.    Estas actitudes de ghetto, intolerancia y anti progreso representa en una pequeña escala ese movimiento cultural conservador que intenta defenderse de las nuevas realidades, del avance y de las transformaciones. A esto se suma el “resurgir” del movimiento estudiantil, que tímidamente ocupa unos pocos liceos, y alguna facultad, pero que esta llamado a ser el fermento de la reconstrucción del viejo movimiento popular. Otra rémora de esa segunda ola que va en retirada.

            Paradojalmente, varios de los jóvenes que puedan participar en estas movilizaciones nacieron luego que Toffler escribiera “La tercera Ola”. Pertenecen a la era digital, nacieron con la televisión, el video, los pc, los satélites, navegan cómodamente por internet, hablan por un celular, compran en los shopping, disfrutan de la televisión por cable, comen en Mc Donall y disfrutan de todos los avances de esta era con total naturalidad. No son los hijos de la era industrial, de los grandes movimientos sociales y las grandes gestas heroicas, ni siquiera sufrieron el atroz resultado de todo ello. Simplemente se los contaron sus mayores, en muchos casos con una buena dosis de añoranza que responde más a la juventud perdida que una época dorada que valga la pena redituar. Quizás Tabaré Vázquez pueda dar una mano en este aspecto, invitando a estos dirigentes estudiantiles a los talleres de actualización ideológica que esta organizado para que alguien les hable de lo que ha ocurrido en estos últimos 30 años. Que ya el mundo no es el mismo que a fines de los sesenta cuando sus padres eran estudiantes, que en este corto período de tiempo muchas cosas han cambiado y que aquella revolución que pretendieron realizar contra el sistema capitalista el propio sistema se encargó de hacerla.

            Sería interesante que alguien les dijera que ya no vivimos en una sociedad de masas, que las masas se han desmasificado, que vivimos en una sociedad donde los intereses se han diversificado, porque el mundo y la oferta se han diversificado. Que ya no queda espacio para los movimientos de masas, que el movimiento estudiantil tal cual lo conocieron sus padres no es viable, que los intereses de un estudiante de secundaria de estratos bajos, del interior del país son totalmente diferentes a los de un estudiante de bachillerato de Montevideo, de estrato medio. Que las reivindicaciones de los estudiantes universitarios de ingeniería difieren totalmente de las demandas reales de los estudiantes de Comunicación. Alguien tiene que decirles que ya no existen aquellas motivaciones aglutinantes de grandes masas que caracterizaron el siglo XX. Que en una sociedad diversificada es muy difícil alcanzar consensos sobre grande causas y que sin consensos no existen los movimientos. Que ya no tienen frente a ellos a las autoridades totalitarias y represivas que generaban la rebeldía de otras épocas. Por el contrario se encuentran con un señor como Carbonell que apuesta al “dialogo y la paciencia”. 

           Finalmente, alguien tendrá que decirles que está muy bien que se rebelen, que demanden, que peleen por sus derechos, que se hagan oír. Pero no para enfrentar el desarrollo de la humanidad, no como una expresión anti progreso, por el contrario, para reclamar que las autoridades universitarias inviertan bien su presupuesto, modernicen la Universidad, desarrollen nuevas ofertas curriculares más flexibles y actualizadas a las nuevas realidades. Que se presione para que se cree una licenciatura en telecomunicaciones, que los docentes utilicen las nuevas tecnologías que están a su alcance como las video conferencias, que exista flexibilidad curricular, que se acorten las carreras, que se promueva la pluralidad de enfoques, que haya clases todos los días, y tantas otras cosas que hoy un estudiante siente que están ausentes. En ese contexto un mayor presupuesto resulta mucho más lógico.

Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 21 de octubre de 2000


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