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UNA BATALLA GANADA A LA INTOLERANCIA


           Estamos dejando definitivamente atrás un siglo que, entre tantas cosas buenas, se caracterizó por una marcada intolerancia. Cuando en octubre del 89 cayera finalmente ese gran monumento a la intolerancia que fue el muro de Berlín, algunos incautos creímos que ello supondría el fin de esa intolerancia. Sin embargo, surgieron otros tipos de actitudes y sentimientos marcados por ese signo, ya no de tipo ideológico sino étnico y religioso. El hombre seguiría luchando contra el hombre por no aceptar a convivir con “los diferentes”. Desde este pequeño país, ajeno a los problemas étnicos y religiosos el fin de la bipolaridad en el mundo prometía traernos una nueva era donde aquellos maniqueísmos del “bien y del mal” quedarían definitivamente en el pasado. Una sociedad de matriz liberal como la nuestra podía ir al rescate de la tolerancia perdida, aquella que permitió rehacer al país luego de las guerras intestinas, modernizarlo y colocarlo como modelo en el mundo. Cuando los telones se fueron descorriendo pudimos comprender aquella gran estafa a la que nos sometieron durante demasiado tiempo y mirar el futuro de otra forma muy diferente. Finalizada la dictadura militar supimos aplicar una buena dosis de tolerancia bajo el liderazgo de hombres que fueron marcando ese camino donde la misma se anteponía a todo el dolor y horror de una época. 

           Pero debemos ser realistas, mucha gente se formó bajo ese signo de incomprensión anti liberal, asumiendo aquel mundo maniqueo pero mucho más sencillo de entender, donde sólo había buenos y malos, donde la utopía pasaba por aniquilar a los malos para que los buenos reinaran finalmente. Esto forma parte de una subcultura, alimentada por ciertos medios de prensa, que será muy difícil de erradicar. Una subcultura que agonizante se niega a morir y que su paulatino aislamiento la vuelve más radical. Esto resulta particularmente grave en un país pequeño, socialmente homogéneo, cuyo principal recurso es su gente y que en un mundo atrozmente competitivo requiere de proyectos comunes.

            No hablo en abstracto, estas reflexiones me surgen cuando todavía observamos esas manifestaciones de intolerancia. Personas que se niegan a escuchar a otras por el hecho de pensar diferente, como días atrás ocurrió en el Frente Amplio a raíz de una invitación para disertar a dos ex ministros de los anteriores gobiernos colorado y blanco. Allí fue donde Vázquez pudo comprobar que esa virus de la intolerancia sobrevive en grados extremos y que le será muy difícil un proceso colectivo de aggiornamiento de la coalición de izquierda. Porque para ello se deben aceptar errores propios y virtudes ajenas, pero como mínimo se requiere escuchar a los que piensan diferente. Intolerancia que también percibimos en algunas declaraciones donde se pedía mayor energía para con los estudiantes que ocupan liceos. Intolerancia para aceptar que muchas veces el diálogo y la paciencia son las mejores formas de asumir los conflictos y que más allá de quienes intentan manipular a los estudiantes quizás algunos de los reclamos son aceptables.

            Intolerancia que también se vivió en un juzgado donde felizmente salió derrotada. La cosa a juzgar era la libertad de prensa o, mejor dicho, la ética periodística. La ética de La República es por todos conocida, así como su larga prédica contra las instituciones democráticas. Desde lo que se asume como una prédica a favor de un sector político se ha optado por enchastrar a todo aquel que se cruce en su camino, manipulando información, engañando y ensombreciendo la reputación de las personas e instituciones del estado. Me ha tocado, como a otros cientos más, el tener que explicar a mi hija de 11 años que no es cierto lo que sus compañeros de escuela le dicen de su padre. Que no es cierto que me hayan pagado para falsificar resultados de encuestas, que su padre se gana la vida dignamente, mucho más dignamente que quienes lo acusan. Tuve que explicarle que no iba al juzgado a “defender a los malos”, que así no es la vida donde existen personas muy buenas, personas muy malas y la gran mayoría que no pertenece ni a uno ni a otro grupo. Que iba para decir mi verdad, contar mi experiencia para defender el derecho de opinar y denunciar a los intolerantes. Allí le explique a mi hija qué era un intolerante porque tenía un buen ejemplo reciente. Subiendo las escalinatas del juzgado penal de 1º turno, un muchacho que conversaba con otras personas en la entrada murmuró: “aquí llega otro de los chupamedias de la dictadura”. Seguramente que debido a su edad sólo repetía un slogan que manejaba el director del diario en cuestión, pero lamentablemente por la “molestia” que me causó esa frase no respondí y seguí mi camino, cuando debí haberle informado cual fue mi situación durante la dictadura, como la de algunos otros testigos y que hace tiempo dejé de pasar cuentas sobre los antecedentes personales de los demás en esa época. Lógicamente, finalizado el juicio, los intolerantes, ahora a voz en cuello, volvieron a acusar al barrer con esa liviandad que siempre los caracterizó. 

        Todo esto es conocido y reiterado, posiblemente ese estilo periodístico que Claudio Paolillo con mucha valentía y exceso de moderación calificó de “indecente” continuará existiendo por un buen tiempo más. También los que piden “mano dura”, etiquetan livianamente a las personas o se niegan a escuchar. Pero tengamos claro dos cosas: primero que es necesario responder a todo esto con tolerancia, como debe ser en una sociedad democrática y liberal. En segundo lugar, tengamos claro que esto es el pasado, un pasado que se extingue, porque la mayoría de los uruguayos estamos en otra, aunque quizás debamos darle una manito para que se termine de morir. Ello se logra diciendo cada uno su verdad, polemizando con quienes piensan diferente pero respetándolos, sin descalificar a las personas, porque quienes lo hacen es por debilidad, ignorancia o mala fe. Paolillo ganó su batalla, de esas batallas que todos debemos ganar cotidianamente.

Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 28 de octubre de 2000


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