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UN MAESTRO LLAMADO DARÍO


            Muchas veces suceden hechos que aparentemente no son importantes, que no despiertan el interés de los medios de comunicación, que no son noticia, que  no movilizan a los gremios, ni generan huelgas de hambre. Son aconteceres casi privados, que sólo importan a poca gente, sin repercusión pública, sin embargo encierran un carácter ejemplificante que merece toda nuestra atención y alguna opinión. El semanario Búsqueda, en su última edición, dedica su contratapa a presentar uno de estos “pequeños” temas. El mismo refiere a un escenario rural, a una escuelita en la barra de Tala, al norte de la ciudad de Canelones. Como tantas otras escuelas de este tipo, con sólo 17 alumnos que llegan hasta ella en los más diversos medios de transporte, cuenta con un solo maestro que en su persona resume todas las funciones. El personaje es un joven maestro recién recibido, con poca experiencia y muchas ganas: Darío Greni. Como ningún director aceptó esa escuela, Greni es “maestro encargado de dirección” y con ese título enfrentó su tarea. No se paró a pensar hasta dónde llegaban sus obligaciones como funcionario público que gana un mísero sueldo, nunca se dijo: “para lo que me pagan no me voy a matar trabajando”, simplemente asumió que su obligación era educar, ni más ni menos.

        Rápidamente comprendió que el medio le era totalmente adverso, desde el estado del local, la ausencia de comodidades mínimas para vivir allí, la escasez de materiales para trabajar y un medio social humilde de gente trabajadora y bajo nivel de instrucción. Aquellos 17 niños pocas veces o ninguna habían salido de su zona, muchos no conocían el mar, las sierras u otros aspectos tan comunes para otros niños de su edad. Greni comprendió que sería muy difícil cumplir con su tarea si no se creaban mejores condiciones. No se le ocurrió pedir al estado, ya sea por conocedor de las dificultades burocráticas y financieras o porque su mentalidad pasaba por hacer y no por pedir. El hecho es que recurrió a la gente, a las organizaciones, a los padres. Se acondicionó el local escolar, se obtuvieron donaciones en dinero o materiales y se emprendieron una serie de actividades que permitieron a esos niños conocer su país, su gente, su costumbres y lugares. Porque educar, en este caso suponía de esto y no sólo de libros o viejos mapas vistos en un salón de clase. No le pidió al estado, no hizo huelga de hambre, ni manifestó frente al parlamento, apeló a la solidaridad de los uruguayos, buscó apoyos en la sociedad civil y organizó a los padres. También dedica muchas horas fuera de la sala de clase para conocer a las familias de sus alumnos.

 Pero esta elocuente y gratificante historia no está teniendo un final feliz. Greni debe se trasladado porque no cumple con los reglamentos. Estos dicen con total claridad que el cargo es para un maestro-director y él no lo es porque nunca hizo el curso para directores y no cuenta con experiencia suficiente. “A veces hay que separar lo subjetivo de los objetivo”, dice la directora de Primaria, las normas van “más allá” de las personas. Esta postura de la burocracia estatal parece ir “más allá” de las 400 firmas que juntaron los padres y de toda la realidad que este maestro sin experiencia, ni cursos, ha logrado transformar. Los hombres pasan, las normas quedan. Las normas son rígidas, genéricas y absolutas, no fueron hechas para contemplar situaciones personales, la burocracia no hace excepciones a riesgo de dejar de existir. El cumplimiento del reglamento, la antigüedad y el no meterse en lo que no le corresponde resultan los mayores méritos para ser reconocido por la burocracia.

 Lamento discrepar con la señora directora. No objeto esta norma, que finalmente parece razonable en la medida que exige méritos y capacitación para acceder a un cargo de director y que en las escuelas con un solo maestro este debe tener el cargo de director porque está obligado a cumplir esa función. Lo que me niego a aceptar es que las normas no tengan flexibilidad, que no tengan la capacidad, justamente, de contemplar situaciones particulares. Lamentablemente en muchos otros casos vemos normas que no se respetan en aras de fines poco claros, que resulta ridículo no contemplar esta situación. Aquí tenemos un empleado público que se propuso no actuar como el prototipo, que como muchos otros maestros en nuestro país, priorizo su función sin importar que la misma fuera muy mal paga. Optó por educar, para lo cual eligió esa profesión, tuvo la suficiente ética de asumir que mientras fuera maestro debía dar lo más de sí sin poner el salario como excusa para rendir el mínimo. La norma pide méritos, que no es lo mismo que antigüedad y de ello Greni dio pruebas suficientes. Si requiere capacitación teórica específica pude ofrecérsele y mientras tanto, como otros muchos directores de escuelas montevideanas de barrios elegantes, puede ejercer el cargo con su correspondiente remuneración.

  Estos esfuerzos deben ser premiados y no castigados. Si van a trasladarlo sería para ponerlo al frente de un programa de capacitación dirigido a otros directores enseñando cómo ejercer un cargo de ese tipo. Lo que Greni ha realizado en la barra de Tala, es lo que debe hacer un Director de Escuela, con mayúscula. Es un ejemplo a premiar y exponer como modelo de la labor de un funcionario público. Como este existen otros muchos ejemplos en la función pública, que están aislados, sin reconocimiento y asfixiados por las normas, reglamentos y burócratas que ascienden fácilmente por el simple expediente de no molestar y dejar transcurrir el tiempo. Todo parece indicar que las autoridades de la enseñanza no flexibilizan las normas, que el gremio no se moviliza en defensa del maestro, que no habrá lobby por este caso más allá de las pocos vecinos de barra de Tala que no tienen ningún poder político para cambiar esta historia. Por lo tanto sólo queda informar, como hizo Búsqueda, y apelar a la sensibilidad e inteligencia de las autoridades, incluido el propio Presidente de la República. Porque este no es un tema menor, no es sólo una simple situación personal, es parte de la construcción de una sociedad más digna, más igualitaria, más conforme consigo misma. La sociedad uruguaya requiere de estas cosas, el Presidente tiene la palabra.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 18 de noviembre de 2000


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