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| Columnas de opinión | ||
SOBRE RELIGIÓN Y POLÍTICA La Iglesia Católica uruguaya, a diferencia de otras iglesias latinoamericanas ha tenido poca incidencia en la política local, principalmente en los últimos años. Ello puede tener muchas explicaciones, que aquí no interesa analizar, pero quizás la principal nace de una fuerte corriente "racionalista" que ha influido mucho en el pensamiento de los uruguayos. Somos el país con mayor índice de ateos o agnósticos, casi la tercera parte de la población adulta, lo cual crea un habitat poco propicio para que las iglesias influyan muy directamente sobre la acción política de gobierno. Esta situación lleva a que en aquellas ocasiones donde la Iglesia Católica realiza incursiones públicas, opinando sobre temas políticos, como ha ocurrido en las últimas semanas, se desatan fuertes resistencias y hasta cierto desconcierto. Estos pronunciamientos no son lo esperable, dados los antecedentes, pero no quitan el derecho y legitimidad a realizarlos.
Entiendo que algunas reacciones han sido desmesuradas, llegando al extremo de negarle legitimidad a este tipo de declaraciones cuando en definitiva en una sociedad libre y democrática todos contamos con ese derecho y en el caso particular de la iglesia católica también de la legitimidad. Mucho menos comparto las acusaciones de haber guardado silencio en época de dictadura para salir hoy a criticar a los gobiernos democráticos. Esta es una mala simplificación de las cosas, para empezar porque nadie podía hablar en la etapa dictatorial y son muchos quienes nada hicieron en esos momentos, mientras que la Iglesia Católica -entre otras- fue refugio para muchos y un ámbito de reuniones cuando estas no eran permitidas. Firmemente creo que el problema no pasa por estos aspectos aunque conviene dejarlos muy claros. Las iglesias pueden opinar sobre temas "terrenales" y está muy bien que lo hagan, pero deberán también asumir la responsabilidad de sus dichos dado lo que representan. Porque una cosa es opinar y orientar sobre determinados problemas sociales, que en muchos casos tienen sus raíces en políticas económicas y otra muy diferente es introducirse en el plano concreto de las soluciones. Allí justamente es donde las religiones no son idóneas y corren el riesgo de partidizar sus planteos. Algo de ello creo que ha ocurrido con algunas declaraciones de Monseñor Cotuño y claramente con el documento oficial de la Iglesia Católica.
Más allá de estar de acuerdo o no con ciertos contenidos, parece lógico que se realicen llamados de alerta sobre determinados problemas de la sociedad moderna que generan pobreza material y espiritual. Es más creo que allí las iglesias están "obligadas" a hablar. Pero estos planteos deberían estar desprovistos de cualquier connotación referida a "soluciones" políticas no asumidas por la sociedad en su globalidad y que, por tanto, mantienen abiertas polémicas partidarias. Una cosa es alertar sobre el problema del desempleo y sus consecuencias en el plano social e individual y otra muy diferente es responsabilizar a las políticas de gobierno. Una cosa es alertar sobre la pobreza y la marginalidad, otra es inculpar burlonamente a una supuesta visión "neoliberal" asumida por el gobierno. Cuando el documento nos habla de la incapacidad de la "invisible mano del mercado" para solucionar determinados problemas sociales o como generadora de ellos, se está asumiendo una postura político - ideológica que se emparenta directamente con los planteos de la izquierda. Allí es donde no comparto la forma en que se presentan las cosas. ¿Qué se pretendía con estas afirmaciones en un documento oficial de la Iglesia? ¿Descalificar a la economía de mercado y de paso al gobierno? Ello resulta por lo menos inconveniente dada la representatividad de quienes suscriben ese documento.
Para empezar, el descalificar la economía de mercado supondría asumir algún modelo alternativo, lo cual me lleva a preguntar: ¿cuál es el mecanismo para generar riqueza que no sea la economía de mercado? Otra cosa sería hablar de los peligros que genera la economía de mercado y que deben ser neutralizados mediante decisiones políticas. Pero no era este el tono del documento. Por otra parte, cabe preguntarse si es apropiado etiquetar a un gobierno y por tanto al o los partidos que lo integran con una determinada corriente de pensamiento a la cual se descalifica. Seguramente esto no es lo esperable de quienes representan a una Institución religiosa que cuenta entre sus seguidores a personas de las más variadas corrientes políticas. También se equivocan al hablar del "partido de Jesús" y de la verdad absoluta que supone un pensamiento religioso. Las verdades filosóficas, espirituales o metafísicas nunca pueden ser llevadas al ámbito político. Ello supone la interpretación que los hombres, en determinada coyuntura, puedan hacer de ciertos principios y valores religiosos, lo cual dista mucho de ser una "verdad divina". La verdades reveladas no existen en política.
Finalmente también causa preocupación el introducir junto a esta crítica a las políticas del gobierno, la temática educativa. Allí sí se reivindica el liberalismo con una feroz crítica a la acción centralizadora del Estado, no muy acorde con el resto de los planteos. Pero el principal problema no es esta contradicción conceptual sino el mezclar apreciaciones sobre una realidad política con demandas sectoriales concretas. Porque más allá de los fundamentos que sustentan el planteo, el hecho radica en que la Iglesia católica es parte integrante del sistema educativo y demanda determinados beneficios para sus colegios. Claramente, sería más transparente que este tema se vehiculice por andariveles muy diferentes. En síntesis, una primer aparición poco feliz. Si se pretende recobrar un protagonismo, por cierto perdido, me parece muy bien pero cuidado con los temas políticos, cuando existen muchos otros temas terrenales, en el ámbito social, producto de la era moderna, donde sí la Iglesia tiene mucho para aportar. Por: Juan Carlos Doyenart |
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