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EL NUEVO Y EL VIEJO URUGUAY


Si bien el resultado de la elección del domingo pasado no representa sorpresas, de todas formas enfrentados a los datos finales no es posible sustraerse al impacto que ellos causan. El Uruguay ha experimentado muchos cambios, principalmente en estos últimos 10 años, cambios en los estilos de vida, en los comportamientos de la gente, en las formas de ver y encarar las cosas. Por qué entonces no esperar un cambio en el nivel político. Quizás el impacto surge de la velocidad en que este cambio se procesa, aunque justamente esta es la tónica de los nuevos tiempos. Hoy pretender explicar el resultado electoral en base a los parámetros tradicionales, que hacen a la propia coyuntura, resulta totalmente insuficiente. Sí es cierto que estamos en un año recesivo, sí es cierto que la interna nacionalista y la candidatura única jugaron contra los intereses del P. Nacional, así como también es cierto que la izquierda cuenta con un líder carismático. Pero si analizamos el proceso del FA en el período post dictadura, creciendo de elección en elección, tendremos que acordar que estamos en presencia de un fenómeno más complejo.

Muchos afirman que la gente busca el cambio, qué cambio y en qué dirección, no esta muy claro y los propios propulsores de ese cambio no saben expresarlo con claridad. Sabemos que no es el cambio que proponía la izquierda en los años sesenta, en pos de una sociedad socialista. Tampoco es el cambio contra las estructuras de explotación que sumergen a las grandes masas en la peor de las miserias, porque esta será la realidad de Somalía pero no la uruguaya. Será, entonces, el cambio hacia una sociedad post moderna, altamente tecnificada y desarrollada, donde se termine definitivamente con el conservadurismo de blancos y colorados todavía atados a las viejas estructuras del estado, que de rienda suelta a la creatividad y empuje privado. No parece ser lo que se desprende del discurso de Vázquez. Entonces, ¿cuál es el cambio que un 40% de los uruguayos busca al votar por el E. Progresista? Creo que más bien tenemos un problema de términos que nos genera cierta confusión.

Este fenómeno social que ha llevado a dividir el país en dos partes, tiene un componente de cambio y otro de reacción contra el cambio. Porque resulta que en estos últimos 10 años el Uruguay ha cambiado y lo ha hecho para bien. Luego de 40 años de estancamiento, que en muchas áreas supuso un retroceso, se inició un período de crecimiento económico, incrementándose el consumo, mejorándose la calidad de vida de buena parte de los uruguayos, modernizándonos en muchos aspectos y manteniéndose un buen nivel de distribución del ingreso. En teoría, hoy, a una buena parte de los uruguayos se les abre un mundo de oportunidades y libertades individuales no conocido en el pasado, producto de un país que se abre al mundo y que asimila parte del progreso tecnológico. Claro que decir estas cosas resulta paradojal cuando 850 mil personas votaron por un partido cuyos dirigentes pregonan una visión totalmente opuesta. Posiblemente alguien miente, pero este no es el tema, sino en los énfasis. Lógicamente que el crecimiento, la modernización y los cambios que ella genera en la sociedad también tienen su contracara. Delincuencia, marginalidad (no necesariamente asociada a la pobreza), individualismo, consumismo e inseguridad laboral son parte de esta modernización. Ellas generan incertidumbres y miedos, desconfianzas y finalmente inseguridad, porque tampoco está allí aquel estado benefactor que se extendía como un gran paraguas protector.

Los frentistas de antes de la dictadura sabíamos que esta es una sociedad conservadora, que teme a los cambios y desconfía de lo nuevo, sin embargo ofrecíamos una revolución, y por cierto no muy pacífica. Y efectivamente, existe una cultura uruguaya, aldeana, que prioriza la seguridad sobre los riesgos, que desconfía de la competividad, que prefiere la seguridad de un empleo público mal pago a la incertidumbre del mercado laboral privado, aunque se gane más. Esa cultura que nos lleva a depositar los ahorros en un banco estatal aunque lo atiendan mal y le paguen menos intereses, que también opta por una Afap estatal, que se asegura en el Banco de Seguros (del estado), que prefiere su vieja mutualista, y que todas las semanas compra su 5 de oro esperando que el azar le mejore su vida. A ese Uruguay se le impuso un shock cultural en estos años, diciéndoles que ya nada es igual que antes, que no hay más empleos seguros de por vida, que ahora debemos ser competitivos e incrementar nuestra productividad, que no existe más el estado benefactor, que si una empresa se funde nadie la va ayudar, que vivimos en un mundo globalizado ferozmente competitivo y que sólo dependemos de nuestro esfuerzo. Con bombos y platillos se le anuncia que ya no existen más certezas ni seguridades. Reconozcamos que es muy duro y que inevitablemente esa vieja cultura uruguaya iba a reaccionar, encausándose por algún lado.

Allí es donde aparece y se posiciona muy bien la clásica cultura de la izquierda, que ya no cuenta con un modelo de sociedad alternativa al capitalismo, pero que ha afirmado su cultura del descreimiento, esa visión conspirativa y simplificadora del mundo, que siempre encuentra la responsabilidad de todos los males en "el sistema", que desconfía del progreso porque viene "del norte", que aún cree en el estado todopoderoso, que rechaza lo foráneo (aunque lo consuma), que desconfía de la diversidad, buscando la homogeneidad y que ha incorporado tan profundamente el discurso del cambio social que lo pregona con la misma fuerza de antes aunque ya no sabe hacia donde cambiar. Allí es donde se produce la conjunción, entre los miedos del conservadurismo de los uruguayos y esa vieja cultura del pesimismo, que encuentra en Vázquez un gran intérprete.

Lógicamente, que el crecimiento del FA no se resume en esto. Los partidos tradicionales han hecho su gran aporte, que tiene que ver con el sentimiento real de cambio que busca la gente. Pero ello es parte del próximo artículo.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 06 de noviembre de 1999