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EL BENDITO Y ODIADO CONSUMO


El fin de semana anterior, Montevideo se vio sacudido por un fenómeno inusual que generó innumerables comentarios y análisis. La campaña política pasó por unas horas a un segundo lugar y el día lunes todos comentaban sobre la fenomenal concentración de gente y vehículos que atascaron el tránsito por la Av. Gianastassio e Interbalnearia a la altura del parque Roosvelt. Lo que allí ocurrió es relativamente común en otras ciudades del mundo cuando se produce alguna liquidación importante, ya sea por fin de temporada o como en este caso por la inauguración de un nuevo centro comercial. Porque la técnica de marketing utilizada por el hipermercado "Géant" no resulta muy novedosa, recurriéndose a ella comúnmente en otras partes del globo, principalmente en el primer mundo. Sin embargo para el Uruguay resulta novedoso, como también lo fue la respuesta de la gente que concurrió en un número estimado en 50 mil personas, sólo en ese fin de semana.

Las reacciones, en medio de una campaña electoral, no se hicieron esperar. Por un lado, en tono irónico algunos se preguntaban dónde esta la recesión y la crisis de que tanto nos hablan, allí había gente comprando y no paseando, había un consumo casi alocado en pos de ofertas de productos que distaban mucho de ser catalogados como de "primera necesidad". La simple compra de televisores (a bajo precio) supone que se estaba adquiriendo el segundo, tercer o cuarto televisor para hogares que por lo menos ya cuentan con uno. Sin lugar a dudas que esta situación contradecía esa expresión tan común de los montevideanos a la que finalmente uno se acostumbra: "...la crisis es tan brutal que ya nadie compra nada y los comercios tienen que cerrar". En realidad los pequeños comercios que cierran es porque están geográficamente mal ubicados desde el punto de vista del mercado, o porque sus precios y facilidades de pago no son competitivos con las grandes cadenas, como claramente se expresa en este caso. Quizás este fenómeno del hipermercado del Roosvelt sirva para ilustrar como determinados indicadores, en muchos casos, no resultan idóneos para describir nuestra situación económica. Pero también escuchamos de las otras versiones sobre este fenómeno, entre quienes afirmaban que quienes concurrieron a comprar eran los sectores favorecidos por una política económica inequitativa, que en realidad las grandes mayorías quedaban fuera de este consumo o comentarios más realistas que identificaban a la clase media entre estos consumidores y explican el fenómeno por el endeudamiento creciente de los hogares a partir de un uso irracional del crédito. En definitiva, esta última visión describe una situación donde las clases medias, golpeadas por la crisis, sucumben ante el consumismo incrementando su endeudamiento.

Creo que ninguna de estas visiones enfoca correctamente la realidad. La recesión es un dato, también lo es el endeudamiento por el consumo, pero lo ocurrido el fin de semana anterior, que se repetirá en este, nos muestra otra realidad que va más allá de la coyuntura y que hace a las nuevas pautas culturales de nuestra sociedad. Uno de los signos de estos tiempos radica en la expansión del consumo. La sociedad moderna es cada vez más consumista, la globalización de la economía ha llevado a que todas las marcas, de cualquier producto, se encuentren en todos los mercados. El desarrollo tecnológico no sólo genera nuevos productos, sino que permite la elaboración de innumerables diseños que hace de viejos productos nuevas y atractivas ofertas. La baja arancelaria y el atraso cambiario generaron un fuerte incremento en la oferta de productos y un abaratamiento de los mismos con el masivo ingreso de artículos importados, obligando a las empresas nacionales a mejorar su oferta, en calidad y precio, para poder competir. El nivel de consumo ha sufrido cambios espectaculares, nuestras sociedades se encuentran cada vez más expuestas a la tentación del consumo. El descenso de la inflación también ha jugado un rol fundamental en el cambio de los estilos de vida de los uruguayos. En 1990 la inflación se encontraba por encima del 100%, lo cual suponía que debíamos pagar un fuerte impuesto por nuestros salarios, siendo justamente las personas de menores recursos, que viven sólo de su salario, quienes más se veían perjudicadas. Hoy esta situación es un mal recuerdo del pasado.

Las sociedades cerradas que pretendieron ignorar este fenómeno con legitimaciones ideológicas terminaron derrumbándose ante la presión de su gente por acceder al consumo. El viejo estoicismo uruguayo está sucumbiendo frente al consumo, los detractores del consumismo gritan alarmados frente a este proceso olvidándose lo que ocurrió en otras sociedades que pretendieron recorrer el caminos del no consumo. Desde luego que tienen todo su derecho a condenar el consumismo, pero a condición de ser coherentes con lo que esa condena supone en sus propios estilos de vida y en sus repercusiones sociales. Porque esa sociedad austera, no consumista que ellos proponen, donde la gente sólo compraría lo indispensable para vivir, supone regresar a una especie de primitivismo, sin industrias, sin desarrollo tecnológico, con enormes ejércitos de desocupados, donde nos encontraríamos a merced de cualquier enfermedad, y de los caprichos de la naturaleza. Porque la dura verdad es que sin consumo no hay progreso, porque el consumo es parte de la naturaleza humana que busca vivir mejor, disponer de tiempo libre y disfrutar de él. Tienen derecho a ser anti consumistas, pero deberán reconocer la gran tontería que implica esa postura si no se la ubica correctamente.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 09 de octubre de 1999