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| Columnas de opinión | ||
CLARO QUE EXISTE UN CAPITALISMO SALVAJE Cuando Monseñor Cotugno utilizó el término "capitalismo salvaje" inmediatamente se desató una pequeña tormenta doméstica que seguramente no previó el arzobispo de Montevideo. Muchos salieron en su defensa basados en encíclicas o discursos del sumo Pontífice, otros en cambio se alarmaron y criticaron duramente el término utilizado en la medida que no reflejaba la realidad uruguaya. No deja de sorprenderme este revuelo por una adjetivación más que se haga al capitalismo a no ser por la representatividad de quien en este caso la utiliza. Porque efectivamente existe un capitalismo que puede denominarse como de "salvaje" así como existen modos de capitalismo "humanizantes", así como un sinfín más de adjetivos que describen diferentes modalidades del capitalismo. Probablemente la alarma se produce porque el término "salvaje" ha sido repetidamente utilizado por los defensores de un estatismo centralizador anti mercado al estilo Vivianne Forrester, pero ello no puede quitar la legitimidad de criticar un modo capitalista que lamentablemente se encuentra muy extendido. Lógicamente, cuando uno intenta hilar un poco más fino se encuentra que estos modelos puros no existen en ninguna parte, que más bien encontramos modelos "mixtos" donde este fenómeno denominado como salvaje se expresa en algunas áreas pero no en otras y que el mundo en realidad vive de equilibrios porque de otra forma no podría vivir. Pero resulta importante aclarar que entiende cada uno por capitalismo salvaje y no permitir que el término por sí solo nos interprete. A diferencia del pasado, donde las fuerzas políticas nacionales orientaban a las fuerzas económicas, la economía globalizada crea un mundo en el cual las fuerzas económicas externas a la nación son quienes en definitiva dictan las políticas económicas nacionales. Los gobiernos nacionales pierden poco a poco muchos de sus recursos de control económico. Las inversiones se dirigen hacia donde no existen regulaciones y estos desplazamientos se producen al tiempo real en que se toma la decisión de hacerlo. En un mundo caracterizado por el libre flujo de capitales está convirtiendo a nuestros gobiernos en feroces competidores por atrapar parte de ese flujo. En este mundo globalizado cuando un país tiene altos impuestos y gastos sociales, las actividades se trasladan hacia otro lugar donde esto no sea así. Vivimos una etapa donde la era de las regulaciones nacionales ha llegado a su fin, mientras que la era de las regulaciones internacionales todavía no ha llegado. Desde siempre, la democracia y el capitalismo manejan puntos de vista muy opuestos con relación a la distribución del poder. Para la Democracia debe existir una distribución igualitaria del poder político, para el capitalismo el poder es de los económicamente más aptos, de los más competentes y quienes no cuentan con esa capacidad deberán quedar fuera del juego. Esto no es un juicio de valor, es simplemente una realidad. ¿Cómo es posible que democracia y capitalismo puedan convivir con esta diferencia de criterios tan radicalmente opuesta? Muy sencillo, porque ha existido un equilibrio, siempre difícil pero posible, entre el poder del dinero y el poder político. Cuando la economía acapara el poder social y político, esta convivencia se vuelve muy difícil de sostener. El libre mercado es el único mecanismo conocido ara generar riqueza, pero ha demostrado su incapacidad innata para distribuirla. En realidad, ¿la economía de mercado y la democracia política no tienen en común la limitación del poder absoluto? Luego de un siglo cargado de absolutismos de Estado, con el regreso a las economías de mercado nuestro y el renacer de las democracias no podemos dejar de reconocer que hoy empezamos a disfrutar de las enormes ventajas que supone la limitación del poder del Estado, hemos aprendido que la economía de mercado es una herramienta formidable para limitar el poder absoluto del estado, es más, considero que ella es una condición indispensable para la democracia. Pero no nos equivoquemos, la economía de mercado no garantiza la democracia, en realidad es una constante amenaza para ésta y esta es la compleja realidad social que debemos saber administrar. La economía liberal recela de la intervención política en la economía y cuenta con muy buenos antecedentes para hacerlo, mientras que la democracia recela de la supremacía economicista puesta al servicio de la acumulación del capital, también por muy buenas razones. Debemos llegar a una idea más equilibrada: no hay democracia sin economía de mercado, pero ésta es sólo una condición necesaria pero no suficiente. El famoso capitalismo salvaje se expresa cuando los fundamentalistas del mercado rompen esos equilibrios y pretenden que las decisiones necesariamente colectivas no existan, dejando a las sociedades libradas a los mercados financieros que inevitablemente actuarán en función de intereses particulares. Entre las múltiples funciones que no pueden ni deben cumplir las fuerzas del mercado están muchas de las cuestiones más importantes de la vida humana, desde los valores morales, intelectuales o las relaciones familiares. La incursión de la ideología de mercado en áreas tan distantes de los negocios tiene efectos sociales nefastos y esto ocurre cuando los fundamentalistas pretenden dejar actuar las fuerzas del mercado en todas las actividades sociales e interacciones humanas. De allí que no deba llamar la atención cuando un líder religioso haga un llamado de atención frente a estos fundamentalismos economicistas y los tilde de salvajes. Ello no tiene que ver con ningún gobierno en particular, y menos el nuestro donde hemos podido navegar por un mundo globalizado manteniendo nuestros equilibrios. Sí tiene que ver con la realidad internacional donde los mercados financieros han pasado a comandar las acciones ante un mundo que toma decisiones a nivel nacional y donde prácticamente no existen instituciones que establezcan reglas a escala internacional. Por: Juan Carlos Doyenart |
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