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| Columnas de opinión | ||
EL URUGUAY SOLIDARIO Cuando el líder frentista, Tabaré Vázquez, en una postura estudiada, inclina su cabeza, alza una ceja, esboza una sonrisa y le dice a la cámara: "...sacarle al que tenga más (pausa) para darle al que tiene menos..." sabe muy bien que esta frase apela directamente a un extendido y profundo sentimiento de los uruguayos: la solidaridad. El famoso plan de emergencia postula apelar a la "solidaridad tan clásica de los uruguayos..." para financiar este programa que atendería a los sectores más carenciados de la población, empezando -como es lógico- por los niños, para seguir con los jóvenes, los desocupados, los jubilados y de paso por los pequeños productores rurales. Un plan de sólo 300 millones de dólares, que se obtendrían a partir de ese magnífico mecanismo financiero que resulta de la clásica solidaridad de los uruguayos. Pero Vázquez no ha estado solo en este tema. Monseñor Cotugno, hablando en nombre del "partido de Jesús", el que cuenta con la verdad absoluta, también reclama la solidaridad de los uruguayos para terminar definitivamente con los cantegriles. Pero estas apelaciones evangelizadoras no terminan allí, hasta los dirigentes de las gremiales agropecuarias han recurrido a ella, junto con los camioneros, los trabajadores de CUTCSA, de la fábrica de vidrio y seguramente algunos más que hoy se me olvidan. Lógicamente, resulta muy simpático y seductor hablar de la solidaridad para terminar con la pobreza o, por qué no, con los problemas de algunas empresas salvaguardando sus fuentes de trabajo, así como resulta muy antipático decir que no, que las cosas así no funcionan, porque los uruguayos somos solidarios, o creemos serlo. En realidad este país fue y aún continúa siéndolo una gran maquinaria solidaria que terminó haciendo crisis por todos sus costados. Esa maquinaria no se sustenta en acciones directas, de la propia gente, sino en un aparato estatal, centralizador, burocrático e ineficiente, que en el pasado logró ciertos niveles destacados de social, pero que hoy es un gran dilapidador de recursos. La "clásica" solidaridad de los uruguayos, no se expresa en lo cotidiano en el relacionamiento directo entre las personas, porque en este aspecto seguimos siento tan personalistas o individualistas como otras sociedades. Simplemente se dio burocráticamente, pagando impuestos que iban a dar a una gran bolsa "negra" para que supuestamente se redistribuyeran. Se dio a través de una innumerable red de mecanismos que en su mayoría desconocemos, llegando a ser solidarios hasta cuando pagamos un boleto de ómnibus. Lamentablemente, la distribución del gasto social nunca fue bien focalizada en los sectores que efectivamente lo necesitan. Por ejemplo, en la educación primaria, es donde el país está logrando sus mejores índices de focalización del gasto, allí el 20% más pobre recibe casi 14 veces más que el quintil superior, pero en la educación secundaria esto se reduce a 3,4 veces y en el nivel terciario el gasto se vuelve regresivo beneficiando fundamentalmente a los sectores de mayores ingresos. Tampoco en materia de vivienda nuestra performance es buena y en el caso de la salud la baja eficiencia del gasto resulta preocupante, sin hablar del viejo sistema de la Seguridad Social, ese gran símbolo del Uruguay solidario. Cuando uno es heredero de un Estado paternalista que contó con los recursos suficientes para crear una compleja red de solidaridad social el desafío es mucho más grande al no contar ya con dichos recursos. La inercia es fuerte y el acostumbramiento a esa cultura también lo es: "El Estado deberá hacerlo todo, con o sin recursos, bien o mal, no importa, así ha sido siempre". La solidaridad social es un concepto muy importante, principalmente cuando se es pobre. En sí mismo supone que la sociedad se da determinados mecanismos para transferir recursos a los sectores más necesitados en la búsqueda de una cierta justicia social. Entiendo que estos mecanismos deben existir siempre porque cualquier sociedad debe tener al hombre como fin de su accionar, pero hoy, responsablemente, tenemos la obligación de reubicar y jerarquizar el tema de la solidaridad social de cara al siglo XXI. De ninguna manera una sociedad puede acostumbrarse a convivir con la pobreza, debe rebelarse y hacer algo por detener uno de los flagelos más graves de la humanidad. Pero como toda gran empresa hay que llevarla adelante con eficiencia y no con simples voluntarismos. Los voluntarismos, y sobre todo los de origen demagógico, terminan perpetuando o agravando el problema. Es muy sencillo, fácil y agradable prometer mayores salarios, aranceles altos para proteger puestos de trabajo o más recursos para la salud, pero finalmente resulta en una gran mentira. Con inflación, déficit fiscal y proteccionismo de empresas no competitivas sólo se obtiene lo contrario al fin buscado, con el agregado que allí todos estaremos mal. Tampoco es cierto que los mecanismos de solidaridad social no puedan funcionar en etapas donde la prioridad es el crecimiento económico. Deben funcionar, pero bien, sin burocracias, ineficiencias y falta de planes. Un mejor sistema impositivo y la reforma del estado pueden ser mecanismos que generen y liberen recursos para asistir a los sectores más necesitados de la sociedad, pero ello tiene que estar acompañado de mecanismos de asistencia, eficientes, controlados, desburocratizados, descentralizados y con objetivos claramente definidos. Todo ello también requiere de capacidad de mirar hacia el futuro, de detectar los nuevos problemas y los nuevos factores de generación de inequidad. Esto resulta así de simple, debemos revertir la tendencia de gastar más antes de mejorar la eficiencia del gasto. En el país no existe una conciencia clara sobre estos problemas, por lo tanto no existen propuestas de cómo encararlos eficientemente. Funcionamos con más voluntarismo que otra cosa, recurrimos a viejas respuestas ante nuevos problemas. Los viejos reflejos nos llevan a construir viviendas, acondicionar asentamientos irregulares y brindarles saneamiento allí donde se encuentra la pobreza, corriendo el riesgo de "anclarla" en lugar de erradicarla. Por: Juan Carlos Doyenart |
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