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| Columnas de opinión | ||
LAS ELECCIONES DE OCTUBRE Si bien las encuestas de opinión pública no gozan actualmente de mucho prestigio en nuestro país, tanto la prensa como los dirigentes partidarios continúan siendo ávidos consumidores de las mismas. Por lo tanto puedo tomarme el atrevimiento de utilizarlas como base de mi análisis sobre el escenario político electorado del mes de octubre. Aún siendo consciente que las encuestas se equivocan, de acuerdo a todos los sondeos de opinión conocidos hasta ahora, la elección de octubre no deparará ninguna sorpresa en materia de candidaturas a la presidencia. En primer lugar parece muy claro que será necesaria una segunda vuelta, por lo cual la presidencia no se decide en octubre, siendo esta una segunda instancia clasificatoria, luego de la primera que tuviéramos en el mes de abril. Pero, también según las encuestas, no existirían sorpresas con relación a los dos candidatos que clasificarían para la instancia final de noviembre, sólo restaría saber quién obtiene más votos aunque ello no es relevante. De confirmarse este panorama, la elección de octubre juega más como una instancia parlamentaria que otra cosa, porque allí existen incógnitas por despejar y se juega buena parte de este partido. Con los datos que hoy disponemos sobre el estado de situación de la opinión pública, y sin que nadie siquiera imagine hechos políticos de tal relevancia que cambien en el corto plazo de tres meses ese estado de situación, en noviembre se decidirá la presidencia entre Batlle y Vázquez. Incluso algunas encuestas ya arriesgan tendencias claramente favorables al primero, con lo cual en este nivel el futuro resulta mucho más predecible. Por otra parte, si las encuestas realmente cuentan con ese enorme poder de incidencia sobre el comportamiento electoral de los uruguayos -que varios le han asignado- la suerte del P. Nacional parece estar muy comprometida. Pero más allá de las especulaciones sobre el poder de las encuestas, una de las incógnitas más relevantes para octubre pasa por la suerte que finalmente tenga el P. Nacional. Porque una cosa es descartar su posibilidad de ganar la presidencia y otra es considerar su peso en el futuro parlamento. Para algunos analistas estamos en una situación de retorno a un bipartidismo de diferente composición que el anterior. Ya en el año 87 lo había insinuado el Gral Seregni cuando muchos veían un P. Colorado muy consolidado al cual sólo la izquierda podía anteponerse. El resultado de las elecciones del 89 tiraron por tierra estas predicciones, pero en este período el propio Sanguinetti habló de las "familias ideológicas" alimentando una idea de polarización que si bien no sugería el bipardismo así fue tomado con mucho entusiasmo por la izquierda: el "partido blanqui-colorado" contra el Encuentro de fuerzas progresistas. Hoy ello podría manifestarse en forma más concreta en la medida que en un balotage el candidato de la izquierda obtenga más del 40% de los votos. El hecho de que el parlamento continúe teniendo una estructura predominante de tres tercios ("no matemáticos") no es un dato menor. De no ser así e ir hacia un parlamento con dos partidos hegemónicos que acaparen prácticamente el 80% de las bancas supondría un cambio relevante en el escenario político de principios de siglo. En lo personal no me incluyo en esta tesis, creo que si bien existen familias ideológicas en cuanto a la forma de ver la inserción del país en el mundo dentro de esas familias existen diferencias importantes y perfiles muy claramente definidos. La situación del P. Nacional responde más a una coyuntura que a una tendencia estructural, sin embargo existen peligros reales, de tipo estructural, que deberían preocupar a los nacionalistas. En especial me refiero a su inserción en la capital donde se han convertido en una fuerza de muy poco peso, lo cual los lleva a perder identidad como una partido "nacional" que representa a todo el país. Pero más allá de esto, que tampoco es un elemento muy novedoso, los blancos siguen representando a por lo menos una tercera parte del interior del país donde mantienen un perfil muy definido. Por otra parte en esta carrera juegan en desventaja, siendo las principales víctimas del nuevo régimen electoral de candidato único. Si efectivamente logran trasmitir la idea de que se han superado los conflictos internos y logran llevar adelante una campaña que deje atrás esa etapa y trasmita idea de fortaleza partidaria, posiblemente mejoren los índices que muestran actualmente. De todas formas, parece muy difícil que en este breve plazo se logre desandar el camino recorrido. Para empezar su candidato a sido muy cuestionado como para concitar adhesiones de dentro y fuera de su partido, por otro lado la supuesta unidad lograda luego de la convención puede no ser interpretada como tal por los electores. En la medida que sólo existirán dos listas al senado, lacallistas y anti lacallistas, que ninguno de los otros pre-candidatos de la interna de abril será candidato al senado, que el candidato a la vice presidencia no tiene un perfil claro en cuanto a expresar un acuerdo interno y que el herrerismo controla el Directorio y la Convención, puede trasmitirse la idea que el lacallismo hegemoniza el partido sin peso real de los demás sectores. Si ello resulta así, el riesgo de que el P. Nacional quede con una escasa representación parlamentaria es mayor. También resta por saberse cual será el peso de los sectores colorados, lista 15 y Foro, dato no menor al momento de gobernar, como tampoco lo es el peso que finalmente obtenga el Encuentro y el N. Espacio. Todo ello hace a la gobernabilidad del próximo período. Finalmente queda planteada la pregunta de cómo la ciudadanía interpretará la elección de octubre con relación a la integración del parlamento. Pero ello resulta muy difícil de responder. Por: Juan Carlos Doyenart |
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