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| Columnas de opinión | ||
LA CULTURA DEL PESIMISMO ENCUENTRA SU EXPRESIÓN ELECTORAL Las últimas elecciones de este viejo siglo tienden a convertirse en un fiel reflejo de esa sociedad que navega entre el pasado y el futuro. Ese Uruguay que prefiere mirar hacia adentro y atrás, contrastando con el otro Uruguay que asume los cambios, intenta adaptarse a ellos y utilizarlos a su favor. Esos dos Uruguay, a los que hiciera referencia en algunas columnas en el año 96, hoy parecen expresarse también electoralmente. La polarización electoral no está dada en términos de partidos o de personas, está dada en términos de concepciones de país. Más allá de ciertas diferencias, algunas importantes, tres de los cuatro candidatos a la presidencia hablan un idioma común, mientras que el cuarto nos describe otro país y nos propone retornar al pasado. Como toda simplificación quizás empobrezca, pero ayuda a comprender lo que en materia de intención de voto hoy nos muestran las encuestas. Comparar aquella izquierda que en el año 71, por primera vez unificada y con importantes apoyos de sectores tradicionales, sólo obtiene el 18% de los votos, en una expresión casi exclusivamente capitalina, a este E. Progresista que se acerca a un 40%, hegemónico en Montevideo y con más de la cuarta parte de los votos en el interior, obliga a la reflexión. En un país políticamente tradicional, con fuertes fidelidades partidarias, este fenómeno electoral supone cambios profundos en nuestra sociedad. Efectivamente estos cambios han ocurrido, aunque muchas veces, por falta de perspectiva histórica, nos cuesta visualizarlos. Para ser más precisos, deberíamos hablar de una sociedad en tránsito, donde en muchos aspectos se ha avanzado, se ha modernizado, donde se asume y disfruta de los cambios, contrastando con una extendida cultura del pesimismo, del descreimiento y principalmente del miedo que generan las incertidumbres de todo proceso de cambio. Porque no es la izquierda la que ha crecido en estos años, por el contrario, la vieja izquierda uruguaya se encogió, está arrinconada tratando de comprender qué fue lo que pasó. A dónde fueron a parar todas sus viejas certezas, el hombre nuevo, la lucha de clases y la revolución. Este encuentro progresista nada tiene que ver con esa izquierda ideológica que ha perdido su ideología. Este conglomerado que conserva el viejo cascarón de siglas identificatorias de sus distintos grupos es otra cosa. Es la expresión política de la cultura del pesimismo, del descreimiento, del no arriesgar y del regreso a las viejas certezas de aquel Uruguay que ya no es. El Encuentro progresista, con la izquierda dentro de él, ha crecido cerrando los comité de bases, abandonando la mística revolucionaria de fines de los 60, pero apropiándose de los miedos, las inseguridades y preocupaciones de la gente. Han crecido oponiéndose a cualquier transformación, han desarrollado la cultura del NO, que en definitiva expresa cabalmente esa resistencia al cambio de mucha gente. En esta era de las comunicaciones y de la globalización, han cerrado sus fronteras mentales, no quieren mirar hacia el mundo que nos rodea, sólo hacia adentro y hacia atrás. Alimentan las ideas conspirativas y aunque ya no hablen de la "oligarquía apátrida" nos recrean un escenario donde los partidos tradicionales asociados con el capital financiero transnacional conspiran para hambrear a la gente. Pero también el Encuentro Progresista ha crecido en base a los errores de blancos y colorados. Estos no han sabido comprender los miedos de la gente, no han tenido capacidad para comunicar certezas, han optado por un discurso tecnocrático, muchas veces difícil de comprender, que contrasta con las simples explicaciones que dan los encuentristas. Blancos y colorados, en estos años, han emprendido un camino de transformaciones, han dado pasos importantes en la modernización y adecuación del país a un nuevo mundo, pero lo han hecho sin buena parte de la gente, no han trasmitido ninguna mística, no han tenido capacidad de liderar. La gente ya no teme al comunismo, temen perder su trabajo, temen no poder pagar sus créditos, temen ser asaltados en la calle, temen a las computadoras y a la competitividad laboral. Son esos los temores que se deben combatir, aunque debo reconocer que no es tarea fácil porque de alguna manera expresan todas las inseguridades que este nuevo siglo trae consigo. Hoy el "peligro" frentista no pasa por la reivindicación de la lucha armada que realiza Fernández Huidobro, ni por el no pago de la deuda externa de Zabalza o la apropiación social de los medios de producción de Olesker. El problema real pasa por la apropiación de los miedos de la gente y la retroalimentación de la cultura del pesimismo. La constante repetición del credo de Galeano, que nos pinta una sociedad con pobreza extrema, grandes masas de trabajadores desocupadas, fábricas cerradas, productores agropecuarios endeudados, políticos corruptos, crea un clima irreal que sirve al uruguayo medio como válvula de escape para su angustia de tener que pagar la compra del microonda. Porque es ese uruguayo medio quien masivamente vota al E. Progresista, quien ve reflejado en los discursos de Vázquez todos sus miedos e incertidumbres. Alguien debe tener la culpa por sus inseguridades, y el líder encuentrista le dice que son quienes nos gobernaron estos quince años y que por lo tanto debemos echarlos. Seguramente muy pocos crean que el Encuentro terminará con la pobreza, aumentara los sueldos, generará ocupación y nos dará empleos de por vida. Seguramente, la mayoría no los vote por estas cosas, posiblemente lo hagan para expresar su descontento con un mundo que les presenta un futuro incierto. No tengo la menor duda, que esta elección, que coincide con el fin de siglo, estará expresando estos nuevos fenómenos sociales, que de alguna forma dividen el país en dos Por: Juan Carlos Doyenart |
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