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PENSANDO EN EL 29 DE NOVIEMBRE


En innumerables ocasiones he hablado de la necesidad de cambio, de que esta sociedad debe finalmente asumir las transformaciones que ocurren en el mundo para procesarlas en nuestro beneficio. Pero también he afirmado que el asumir la nueva modernidad no supone abandonar aquellos valores que han engrandecido a este pequeño país ante los ojos del mundo. La sociedad uruguaya deberá abandonar muchas de su prácticas y sub culturas retardatarias y cuanto más demore en hacerlo mayor será el precio que deba pagar. Pero ello debe `procesarse rejerarquizando los valores de una identidad positiva.

La nuestra ha sido una sociedad pluralista, solidaria, libertaria y tolerante. Fue, así mismo, una sociedad profundamente liberal, respetuosa del libre pensamiento y del libre accionar de sus integrantes, aunque ello nunca la llevó a perder de vista el valor esencial de la solidaridad social. Ese liberalismo y esa tolerancia se vieron seriamente empañadas por corrientes de pensamiento que en la década del 60 asumieron un significativo protagonismo. Fuimos víctimas de corrientes político - ideológicas que basaban su accionar en una visión mesiánica de la sociedad y que practicaban la intolerancia hasta límites difíciles de creer. Para ellas existía un bien común, un fin colectivo que subordinaba irremediablemente cualquier interés particular o individual. Vivíamos en un mudo dominado por la falsa oposición este-oeste, que nos embarcó en un conflicto local que nada tenía que ver con nuestras realidades. Ello finalmente nos arrastró a lo inevitable, el totalitarismo de derecha que arrasó con mucho de lo que esta sociedad había generado a lo largo de los años y nos sumió en una de las etapas más negras de nuestra historia.

El resurgir democrático, a partir del año 84, trajo un renacer de nuestra tolerancia, del pluralismo de ideas, el reencuentro con muchos de nuestros adormecidos valores, pero también nos enfrentó a un mundo que había cambiado radicalmente y que requería de nosotros otras respuestas y otras formas de actuar. El Uruguay se vio fuertemente interpelado a cambiar, en un sentido positivo, constructivo, mirando hacia el futuro sin perder los valores del pasado. Ese nuevo mundo nos mostraba potencialidades que debíamos saber aprovechar, así como nuevos problemas sociales no fáciles de resolver. Aunque con ciertas dificultades, nuestro sistema político pareció evolucionar en este sentido, luego de un largo período de recuperación institucional y pacificación del país. En esta etapa el sistema político uruguayo demostró una gran capacidad de negociación y colaboración en aras de un imperativo nacional que debía estar por encima de cualquier interés político partidario. Quizás en esa fase colaboraron los liderazgos de Sanguinetti, Ferreira y Seregni, que supieron ubicarse a la altura de las circunstancias. Pero de esto ya han transcurrido más de 10 años. El país ha cambiado mucho, para bien y para mal. Inequívocamente hemos transitado por el camino de los cambios, las transformaciones estructurales y la modernización.

Muchas cosas han cambiado en este corto período y también lo ha hecho nuestro sistema político. Ya nada es igual y nada será igual, hoy existen nuevas mayorías elegidas por la libre voluntad de la gente. En el día de mañana terminaremos este largo proceso electoral que nos hemos dado y de allí quedará totalmente definido el nuevo esquema de gobierno, en su sentido más amplio. Inevitablemente habrá perdedores y ganadores, pero cualquiera sea el resultado debemos asumirlo con la alegría que supone toda instancia democrática donde la ciudadanía se expresa libremente. De allí en más sólo queda pensar en el futuro del país y en las mejores formas de transitar por un camino de gobernabilidad que nos permita avanzar. Lo peor que nos puede ocurrir luego de esta elección es que cada uno se encierre en su propio "bloque" e intente imponer a la otra mitad del país sus "verdades". La vida democrática se hace de pacientes negociaciones, de una buena dosis de tolerancia y de mucha grandeza.

Si quienes detentaron el poder durante todo el siglo les toca perder esperemos que sepan estar a la altura de las circunstancias, que recuerden las dificultades que debe enfrentar quien gobierna y asuman una actitud de colaboración en aquellas áreas o temas en que el país requiere soluciones. Así mismo espero que quienes llegan por primera vez al gobierno sepan asumir sus responsabilidades y entender que en una democracia representativa se debe gobernar con el parlamento y no contra de él. Por otra parte, si quienes hoy están en el poder lo mantienen, esperemos que sepan leer la nueva realidad política y social de este país y busquen incorporar a esa otra mitad que hoy los mira con desconfianza y que de alguna forma se sienten fuera del quehacer nacional.

Porque un país como este no puede darse el lujo de estar dividido en dos bloques cerrados, antagónicos que tienen una visión de la realidad tan diferente. Un país como este requiere de grandes compromisos colectivos detrás de una causa común. En un mundo tan ferozmente competitivo, los pequeños países deben estar socialmente unidos, compartir un diagnóstico y ciertas metas comunes por las cuales trabajar en conjunto. Ello no quita que exista un gobierno y una oposición, por el contrario es bueno que sea así, pero también se requieren políticas de estado donde confluyan las grande mayorías y, principalmente, se necesita de sueños compartidos. En el acierto o en el error cada bloque tiene su aporte para hacer al país, cada uno tiene una parte de verdad que el otro deberá reconocer. Quizás esta coyuntura a la que hemos llegado y que percibo como la de una sociedad dividida, sirva para reflexionar en las cosas que cada uno se ha equivocado y en la parte de verdad que existe en las motivaciones del otro.


Por: Juan Carlos Doyenart
Publicadas en El Observador - 27 de noviembre de 1999